FRANCISCO SOLÓRZANO BÉJAR

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Por Jose Díaz Madrigal

Enmarcado en el centenario del conflicto religioso, provocado por el gobierno de la República de aquel entonces, se presentó en el auditorio Manuel Álvarez, situado en el edificio del Ayuntamiento en el centro de la ciudad; la conferencia 100 AÑOS DE LA CRISTIADA EN COLIMA, impartida por el maestro Luis Wence, procedente de la Universidad Michoacana de San Nicolas de Hidalgo.

Con el auditorio totalmente lleno, se vió a un mesurado expositor disertar sobre los antecedentes de aquella guerra fratricida. Lo primero que quiso puntualizar, es que nunca hay que despreciar la historia oficial, puesto que narran ciertas facetas que el gobierno quiere que se conozcan, desde un punto de vista particular; miren, esto es como historia que nos platica algún abuelo de acontecimientos familiares que sucedieron en otros tiempos. El abuelo comenta sólo las cosas bonitas que él quiere que se sepan, sin embargo consultando otras fuentes de información, de personas que lo conocieron en la juventud, resulta que ocultaba el hecho de que tiene en un lugar distinto a otra familia, sin que la primera se diera cuenta.

Así pues, aclara el conferencista, no nos quedemos únicamente con las versiones oficiales de la revuelta Cristera, sino que hay que investigar otras historias diferentes al oficialismo.

Continúa relatando el maestro michoacano, Plutarco Elias Calles, promulgó en el año de 1926, lo que se conoció como la Ley Calles. Conjunto de reformas al código penal destinadas a limitar estrictamente el culto del pueblo Católico, que en ese tiempo se calculaba en 98% de los habitantes del país.

La Ley Calles, desmesuradamente anticlerical, consta de 33 artículos a cual más de radicales; entre otras cosas prohibía sacerdotes extranjeros en territorio nacional, se reducía drásticamente el número de padres, se prohibía la enseñanza religiosa en las escuelas. La ley incluía elevadas multas y penas de cárcel para los ministros que violaran cualquiera de los artículos.

La masonería nacional e internacional -refiere el conferencista- cargaba de grandes elogios a la mencionada ley y al propio Calles como una eminencia de presidente. En el trasfondo lo que se pretendía, era separar al Catolicismo mexicano de Roma; esto con la imposición de un siniestro personaje llamado Joaquín Pérez Budar, a quien Calles mismo nombra como jefe de la Iglesia Católica Apostólica Mexicana, una especie de Papa exclusivo para México.

Hace 100 años aquí en Colima gobernaba Francisco Solórzano Béjar, joven abogado originario de esta ciudad. Calles lo mandó de gobernador sustituto, después que el Congreso local tumbó a Gerardo Hurtado. Solórzano era callista de corazón. Descendiente de una antigua y honorable familia colimota, cuyos ancestros se remontan hasta el siglo XVI y de fuertes raíces Católicas. Pues de la noche a la mañana se convirtió en enemigo número uno de los Católicos de Colima. Al igual que Calles era miembro de alto grado de los masones y a propósito fue elegido por el sonorense para que secundara la infame campaña contra la Iglesia Católica de Colima.

El Padre Enrique de Jesús Ochoa, contemporáneo de Solórzano dice de él: fue el azote de su patria chica, empezó a arrebatar casas y edificios; arrojó a los seminaristas de su escuela, a las religiosas de sus albergues; se apoderó del Obispado, del asilo del niño huérfano y de cuanta propiedad sabía o suponía que tenía que ver con los Católicos. Nomás por sus pistolas, enviaba a la policía a desalojar cualquier casa que le cuadrara. A los dueños se les daba unos minutos para que salieran de su propiedad.

Solórzano era un tipo cruel e iracundo, después de ordenar arbitrariamente arrestar a 17 ciudadanos; ocasionó que centenares de personas, la mayoría mujeres, realizaran una manifestación que culminó frente a Palacio de Gobierno. Salieron a los balcones el gobernador y sus colaboradores.

Una valiente manifestante pidió que se liberaran a los detenidos, ya que éstos eran inocentes. También reclamó con verdadera audacia, que sí el gobernador no podía con el paquete y no resolvía la demanda, que mejor renunciara al cargo de gobernador por inservible. Al escuchar la última petición, pareció que le atizaron con lumbre su mal genio. Sacaron sus armas y dispararon contra la multitud, quedando una tendalada de difuntos y a la vez un montón de heridos de gravedad.

Esos acontecimientos ocurridos en aquel año del 26, de siglo pasado; quedaron marcados para Francisco Solórzano Béjar como un verdadero verdugo del pueblo colimote y con ésto propició que meses más tarde, de plano el pueblo se levantara en armas contra la tiranía gubernamental.