Por José Díaz Madrigal
Hace muchos años, trabajando por una breve temporada en la ciudad que por aquel rumbo le llaman La Perla de Tierra Caliente: Apatzingán Mich. Nos pusimos de acuerdo con otro compañero de trabajo, para ir a conocer el Santuario de Nuestra Señora de Acahuato; ubicado en la cima de una montaña dentro del mismo municipio de Apatzingán.
Contratamos a un muchacho de unos 17 años, para que nos guiara en el trayecto. Fue una oscura mañana de un 22 de noviembre, cuando salimos a pie. El camino empinado serpenteaba por la falda del cerro. Más o menos a media ladera, el joven con el carácter propio de algunos michoacanos, ladino y quisquilloso, nos dice con la respiración entrecortada por el esfuerzo: ¡saben que! a mi ya no me alcanza el resuello y aparte vengo más a güevo que de ganas; así que sigan por ese camino y llegan a la sin jierrale, que yo de aquí me regreso.
Llegamos a la diminuta iglesia poco antes que empezara la misa de siete. Durante la homilía el sacerdote celebrante dijo, hoy es el día de Santa Cecilia patrona de los músicos. Esta Santa nativa de Roma que vivió en el siglo tercero de nuestra era, fue hija de una familia acaudalada de esa ciudad; desde niña aprendió a tocar instrumentos musicales, especialmente el órgano, con el que acompañaba los cantos de alabanza para El Señor. Ella abrazó la Fe en Cristo en la clandestinidad, cuando el Cristianismo era un delito y estaba prohibido en todo el imperio romano. Su padre miembro distinguido del senado, la casó en matrimonio arreglado con un joven de familia rica.
La noche de su boda, le cuenta a su esposo que ella es seguidora de Cristo. Con sus dulces súplicas y alegres argumentos, pudo convertirlo al Cristianismo; días después también a un hermano de su marido. Cuando éstos fueron descubiertos por la autoridad de que eran Cristianos, los arrestaron. A los dos hermanos de un sólo tajo a cada uno les cortaron la cabeza, en tanto a Cecilia la encerraron en una caldera hirviendo, de la cual milagrosamente sobrevivió; entonces ordenaron que se decapitára tal como al esposo y cuñado.
Algo pasaba, puesto que después de tres intentos hechos con la espada del verdugo, no pudieron cortar la cabeza. Debido al trauma de los espadasos y al sangrado que le produjo, estuvo en agonía por tres días, en los mismos que estuvo consciente, tiempo que aprovechó para repartir sus bienes con los necesitados y dispuso que su casa se combirtiera en Templo.
Luego de que murió el 22 de noviembre del año 230, el Papa Urbano I ordenó que su cuerpo fuera sepultado en las Catacumbas de San Calixto, en las afueras de Roma. . . Fue en esa ocasión, allá en aquella humilde capilla de Acahuato que escuché la historia de Santa Cecilia.
En este octubre pasado, el grupo de peregrinos colimotes encabezados por el Padre Eduardo de la Mora, tuvimos el privilegio de entrar a las Catacumbas de San Calixto. En una camioneta tipo Van, conducida por uno de los compañeros de viaje, llegamos por La Vía Appia, una hermosa calzada con pavimento de cantera y con más de dos mil años de antigüedad y en funcionamiento todavía.
Antes de ingresar hicimos una parada en una Iglesita situada en la misma Vía Appia, justo a lado de las Catacumbas y conocida como “Quo Vadis”. Arribamos cuando el Padre encargado de esa Capilla, con su vestimenta de sacerdote estaba barriendo la calle. Según la tradición, La Capilla fue construida en el mismo lugar, donde Jesús nuestro Señor se le apareció a Pedro que huía de Roma, para escapar de la persecución de Nerón. Pedro al verlo le preguntó ¿Domine, Quo Vadis? ¿Señor, a dónde vas? Jesús respondió, vengo a Roma a ser sacrificado de nuevo. Pedro arrepentido regresó a Roma y fue sacrificado con la cabeza hacia abajo.
Poco rato después ingresamos a las Catacumbas, acompañados por un guía mexicano que trabaja en el lugar. Mientras caminábamos por aquel laberinto subterráneo, nos iba explicando que éstas comenzaron a funcionar desde el siglo II cuando los Cristianos eran perseguidos y muertos por sostener la Fe en Jesucristo. Se llegaron a resguardar más de medio millón de sepulcros a lo largo de las múltiples criptas en los túneles, que alcanzan una profundidad de 25 metros, bajo la superficie.
Cuando íbamos a la mitad del recorrido, en una cripta en forma de semicírculo, lugar que se piensa pudo ser la cripta de Santa Cecilia -sus restos fueron exumados 600 años más tarde y llevados a la Basílica de Trastevere en la misma ciudad de Roma- pues en esa cripta a más de 20 metros de profundidad, el Padre De la Mora ofició solemnemente una misa para el pequeño grupo de peregrinos mexicanos, en que también se agregaron tres señoras españolas, que por cierto les ganó la emoción y se les veía sus ojos llorosos.
El día de ayer 22 de noviembre, fue el día de Santa Cecilia. Como valiente y fiel adoradora del Señor cantaba: ¡Levántese soldados de Cristo, desechen las obras de las tinieblas y vistansen con la armadura de la luz. . . Felicidades a todas las Cecilias y a los músicos también.
José Díaz Madrigal

