Por: Jaime E. Medina
“Las letras no entran cuando se tiene hambre”. Aunque parezca un fragmento de alguna canción del Género Ranchero compuesta por el cantante, compositor y actor mexicano, Gerardo Reyes. Lo que sí, es que detrás de esa pequeña estrofa, se esconde una gran verdad, el cual, más de 25 millones de niños, niñas y jóvenes de 0 a 17 años de edad viven en condiciones de pobreza extrema; dando como resultado, un gran número de deserción y rezago escolar en nuestro país.
Durante los primeros años de vida, es necesario que el infante tenga las condiciones necesarias para poder desarrollarse (alimentación, familia, salud, educación, trato digno, hogar, etc.) Esto, referente a los derechos y ambientes en los que debe de crecer cualquier persona. Desafortunadamente, las condiciones de pobreza determinan los diferentes retos y factores en los cuales son causantes que millones de estudiantes de cualquier edad no concluya sus estudios, destinando así, una herencia de escasez y oportunidades. Un estudiante en situación vulnerable, no genera igual el proceso enseñanza – aprendizaje, debido a que los niveles de carencia humana: Alimentación, economía y atención familiar, provocan en ellos déficit de atención, inseguridad o conductas de inadaptación a la escuela, teniendo como resultado, que el alumno se incline por no seguir sus estudios por la gran variedad de limitantes que se expone.
Colima, tiene una población 731,391 habitantes (apegándonos a los datos del INEGI) los cuales, 88, 500 menores de edad viven en situación de pobreza, dándonos a conocer que una cantidad considerable no terminará sus estudios en los diferentes niveles académicos. Ahora, si nos vamos a datos nacionales. En México (información manejada por la UNICEF), más de 4 millones de niños, niñas y adolescentes no van a la escuela. Y unos 600 mil, están a punto de abandonarla. Provocando así, un efecto domino de deserción escolar que inicia desde el nivel primaria con 0,5%, secundaria con 4.2% y superior de 6.8% de alumnos que abandonan su preparación profesional. También mencionar, que un gran número de escuelas del sector indígena – rural, carecen de muchas deficiencias, desde falta de maestros y equipamiento de materiales que no permitan una educación de calidad. Conforme a la Evaluación de Condiciones Básicas, en México, el 17 % de las escuelas primarias no cuentan con sanitarios, caso preocupante y sin tomar en cuenta que a veces, hay escuelas que ni si quiera cuentan con techos o una infraestructura adecuada, generando a que el acceso a la preparación académica se vuelva más limitante en todos sus sentidos para aquellos que no cuentan con otra opción de estudios o de poder asistir a otra institución.
Dentro del aspecto psicológico, un estudiante en pobreza, llámese joven o niño, cuenta con estado de depresión, falta de motivación, ansiedad, conducta inadecuada y trastorno obsesivo – compulsivo. Ya que, desde pequeños, sufren situaciones de falta de atención, agresiones, sometimientos a trabajos a muy temprana edad, falta de alimentación, paz familiar y mental, coadyuvando a que el educando asista con un nivel muy bajo de concentración o interés a la hora de aprender dentro de la enseñanza y didáctica que es expuesto hablando de niños o jóvenes que viven agresiones o carecen de una alimentación desnutrida.
La falta de empleo o la necesidad de poder llevar dinero a la familia, se hace presente en el nivel secundaria o media superior, que son los puntos rojos de deserción como ya se había mencionado anteriormente. Es ahí, donde un gran número de adolescente de entre los 15 y 20 años decide rezagar sus estudios por los niveles de gastos que representa, o simplemente, porque prefieren ayudar a sus familias, generando así, un legado de pobreza o imitación familiar con el mismo estatus económico. Y aquí nos preguntaríamos: ¿Tiene alguna afectación en nuestro país que la pobreza no permita el desarrollo viable de los jóvenes o niños en su educación? Y la respuesta es sí, debido a que impacta significativamente en lo social, económico y político, exigiendo el desarrollo de programas más costosos que no cumplen con un alto nivel de efectividad, debido al gran número de demanda que genera cubrir una necesidad. Aumenta la desestabilidad laboral y económica, como falta de empleo e integración social y educativa, teniendo como resultado la falta de oportunidades.
Es necesario que se generen programas más inteligentes y eficientes que en realidad cubra una necesidad desde los primeros años de crecimiento de los niños y niñas. Que se gestione apoyos a las personas que más los necesitan dándoles asesoría psicológica personal y familiar, y que las escuelas sean más flexibles en las necesidades de alumnos en pobreza extrema como también que se tenga instituciones totalmente equipadas.
*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.

