Por José Díaz Madrigal
Sí algo ha demostrado la historia en nuestro país, es que cuando nuestros líderes políticos quieren imponer a rajatabla conceptos o ideas que no son compartidas por una gran parte de la población; nos conducen a una marcada fragmentación social, que es aprovechada por esos dirigentes, para favorecer el río revuelto y con eso sacar rebanada política.
En otros tiempos, aquellas ideas -generalmente radicales- eran impulsadas desde la presidencia de la república, para que se implementaran en todo el territorio nacional. Esos extremismos fueron combatidos a mano armada, por quienes se sentían ofendidos en sus creencias y lastimados en su modo de vivir, dejando como resultado un reguero de muertos, en el campo de batalla.
La funesta obsesión del mayor matón de mexicanos del siglo pasado, Plutarco Elías Calles, por cerrar iglesias, seminarios y conventos católicos; cuando en esas fechas arriba del 90% de los mexicanos profesaban esa fe. Propiciando con esos cierres, un levantamiento armado que se conoce como La Revolución Cristera.
Colima fue de los primeros estados en sublevarse contra la dictadura callista. Los lugares en que se iniciaron los encarnizados encuentros, fue por la zona norte del estado, concretamente en el municipio de Cuauhtémoc y, es precisamente de esta población de donde era originario la persona que lleva por título la presente columna.
Se llamaba BENEDICTO ROMERO, de los Romero de Cuauhtémoc. Familia con fuerte raigambre religiosa. Un cronista de aquella época que lo conoció, lo describe de la siguiente manera: era un muchacho amable, educado, de aspecto humilde; con una fuerte devoción por servir a los demás, aparte de ser un amigo a carta cabal; fue siempre bien pensado en sus decisiones y formal en todas partes.
Quien provoca la división o el odio entre sus semejantes, es un individuo enfermo, refieren los textos de psicología. Calles el dictador de negros antecedentes: alcohólico, hijo bastardo de otro alcohólico -Calles, nunca lo quiso- que murió en la raya del alcoholismo. Al llegar a la presidencia y, solo por el motivo de ser un hombre acomplejado y vengativo; se encargó de dividir de fracturar al pueblo mexicano. De modo tal que cuando el tejido social se encuentra herido de muerte, surgen de entre todos, personas que levantan la bandera de la libertad; sin importar el peligro al que se exponen o de plano pagar con su propia vida, la audacia de defender una causa justa.
Benedicto fue uno de esos paladines, que tomaron el estandarte que solo se atreven a enarbolar, los hombres de conciencia libre. Se enroló como soldado raso en las filas del movimiento Cristero, participando en diversos combates contra las fuerzas federales; donde aquel joven de talante serio, metódico y respetuoso, se transformaba en una máquina de guerra; puesto que se le veía con ánimo impetuoso en la primera línea de fuego, dando prueba de valor temerario, con una arriesgada intrepidez, por ir en el ataque de frente; granjeandose con estas acciones, la admiración y el cariño de compañeros y superiores.
Por falta de municiones del regimiento al que pertenecía Romero, y porque ya había realizado estos mandados le dieron la encomienda de venir otra vez a la ciudad de Colima a recoger unas cajas de parque; el encargo era delicado. Había un taxista que contrataban para sacarlos de la ciudad, siempre era el mismo chofer. Se le creía simpatizante y amigo de la causa.
En esta ocasión, además del parque que iban a transportar; se acordó que se fueran dos jóvenes con Benedicto, para reforzar el campamento Cristero. Se citó al taxista a las ocho de la noche, en un domicilio de la calle Aquiles Serdán cerca del cruce con Maclovio Herrera. Llegó puntual, cargaron las cajas de municiones, subieron los jóvenes y Benedicto. Para disimular y no despertar sospechas de que solo iban hombres en el taxi, se decide que los acompañen tres muchachas, que se regresarían a pie, una vez que hubieran salido de la ciudad.
Bajaron por Aquiles Serdán, giraron a la izquierda en Dr. Miguel Galindo hasta encontrar Allende. Con el pretexto que iba a poner gasolina, el chofer dió vuelta en 27 de Septiembre; al llegar a la Guerrero donde actualmente está la primaria Torres Quintero, se encontraba un cuartel militar; abrió rápidamente la puerta del auto, se fue corriendo para decir a los guardias: son Cristeros, agárrenlos.
El ingreso del cuartel, quedaba mero enfrente de la casa de la familia Fernández. Benedicto era el único que venía armado, sin tardanza sacó del cuadril una pavorosa Super Colt Match de siete petatillos, con esta en la mano, él solo les atoró a los guachos. Se abrió el fuego por ambos lados, los federales a gritos y balaceando la casa de los Fernández, trataron de impedir que los jóvenes ingresaran por el pasillo.
Romero, enervado por los disparos y el olor a pólvora; sin temor a los gritos y a los balazos, a pecho limpio defendió la huída de sus compañeros; sin embargo al hacer cambio de cargador de la pistola, los federales que eran un montón, lograron herirlo cayendo de lado en el corredor de la casa. Momento que aprovechó el ebrio y miedoso general Martínez, que sin el más mínimo sentido de honor militar, descargó las balas asesinas sobre el pecho de Benedicto, que se estaba desangrando tirado en el piso, matándolo de inmediato.
De los cinco muchachos que entraron a la casa de los Fernández, solo uno logro escapar; los cuatro restantes fueron atormentados con crueldad. Temprano al día siguiente, los dos varones uno de 17 y el otro de 15 años; fueron fusilados en el muro trasero de catedral. Antes de que dispararan, llevaron el cadáver de Romero colocándolo junto a los dos jóvenes. en una foto de aquel instante, se ve a los dos muchachos parados a lado del cuerpo sin vida de su valiente amigo. Una vez que tronaron las balas en la humanidad de los jovencitos, se quedaron los tres cuerpos tirados en la banqueta por muchas horas; sin permitir los militares que gente piadosa los levantara.
La historia oficial y la no oficial, concluye que Calles era un traidor asesino de cabo a rabo; por su psicótica terquedad, murieron alrededor de 250,000 mexicanos, sacrificio totalmente en vano ya que jamás pudo destruir, la religiosidad del pueblo.

