Cuando éramos niños, mi tía Luisa; hermana de mi madre, vivía en Cuyutlán y visitar ese lugar era para nosotros el paseo animosamente obligado, viajar en tren (en funciones desde 1908) representaba una maravillosa aventura pues además de lo económico para mis padres, era un paseo único, diferente y lleno de motivaciones visuales. Ella habitaba en una casa que tenía un corral enorme lleno de ciruelos, arboles de limón y manifestaciones etéreas que deambulaban en un espacio de impresionante silencio. Cuyutlán pertenece al municipio de Armería, mismo que en el año de 1967 ascendió a esa categoría mediante el decreto 119, pues anteriormente pertenecía a Manzanillo y era considerado como pueblo. Es en 1988 cuando fue modificado a nivel de ciudad bajo el decreto167.
Mi abuela nos platicaba que en el 32 se había presentado un maremoto, hoy llamado elegante y pomposamente Tsunami, y que el mar había llegado hasta las vías del ferrocarril derrumbando a su paso lo que encontraba, mientras olas de más de diez metros de altas se estrellaban en las modestas construcciones al pie de la playa. “La gente gritaba, corría y empujaba sin detenerse” nos contaba, ella lo vivió y pudo compartirlo.
Derivado del náhuatl y cuyo significado es nuez de la palma, para algunos y lugar de coyotes para otros, la palabra Cuyutlán nos hacia recordar al Gentil del profesor Gregorio Torres Quintero, citado en su libro “Cuentos Colimotes” que vendía doña Carmen Ceja viuda de Sierra, amiga de la hija del profesor y con quien mantenía comunicación de manera directa. Visitar el mar abierto para encontrarnos con la mundialmente famosa ola verde de Don Víctor Vázquez, del güero Alberto Isaac y del maestro Gil Cabrera, era también ir preparado para darle de comer a los minúsculos chupa sangre llamados mosquitos o jejenes, que pululan principalmente por las tardes calurosas.
Mi abuela también nos comentó que el presidente Juárez había estado ahí (1858) y que en su honor existía el monumento que le representaba en el jardín. Años mas tarde, en voz de Don Lipo Lepe, escuché la narración de los hechos que se suscitaron cuando unos guardias del presidente se divertían disparando sus armas a las parvadas de pericos y citando al Profesor Gregorio Torres Quintero, nos contó que el comisario municipal les había llamado la atención, por su parte, el Lic. Benito Juárez encaró al molesto hombre diciendo, “¿que no sabe usted quien soy yo?” la respuesta inmediata fue, ¿y usted no sabe quien soy yo?, soy el comisario municipal y estoy obligado a hacer respetar el orden del pueblo” Juárez respondería entonces, “lo felicito amigo, cuenta usted con el apoyo del presidente de la republica, yo soy Benito Juárez”.
El “Cuyutlán” de Guillermina Ahumada Padilla, compositora colimense que dejó mas de cincuenta canciones y cantaba su “Romance tropical” mientras aseguraba “Me enamoré de Colima”.
El Acapulco de Colima dicen algunos; nuestra playa privada dicen otros, ahí donde el hotel cama-arena se llena de familias bullangueras año con año en semana santa y el 7 Mares de don Pepe Sierra, vuelve a vibrar con la música de siempre, la de la vida.
ERUPCIÓN:
Pienso en los avances tecnológicos que el siglo XXI ha traído para la humanidad; inventos y logros benéficos que nuestros abuelos jamás soñaron, hoy son una realidad. Sin embargo, una parte de la humanidad sigue perdida en la lucha por el poder, en la barbarie, la otra; la sufre, hechos como el de Gaza son inconcebibles, burdos, despreciables, pues demuestran la falta de amor a si mismo, al prójimo, a la tierra. Comparto aquí una frase de Blaise Pascal (1623-1662) Científico, filósofo y escritor francés, ¿Puede haber algo más ridículo que la pretensión de que un hombre tenga derecho a matarme porque habita al otro lado del agua y su príncipe tiene una querella con el mío aunque yo no la tenga con él? Lamentablemente puede y mucha gente sigue pensando que es problema de ellos y no de nosotros, ojalá reflexionemos.
ABUELITAS:
Conocí a Don Fernando Villasante, cuando yo era niño y el un joven empresario, tenía su negocio de alimento para animales y venta de pollitos por la calle Medellín, muy cerca de Gabriel el de la farmacia Guadalupana. Después se cambió por la calle Morelos, justo donde se paran los camiones y de ahí a la Maclovio Herrera, frente a su domicilio particular. Hombre trabajador, culto y servicial de gran corazón, que supo ganarse el afecto de quienes lo tratamos. Convivimos en muchos lugares y coincidimos en la vida. Hoy se ha ido dejando sus enseñanzas y una huella imborrable de afecto y buena voluntad. Descanse en paz. Es cuánto.
