COLIMA, BIEN VALE UN AVE MARÍA

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Por: Rogelio Camarillo Carrillo

Hay lugares que no se explican solo por su geografía o su historia. Colima es uno de ellos. Este territorio —el cuarto estado más pequeño de México— concentra una densidad de alma que desafía toda proporción. Entre el Volcán de Fuego y el mar del sur, acunado por montañas vigilantes y costas que huelen a sal y coco, se ha forjado una identidad que no se mide en kilómetros cuadrados, sino en siglos de silencio, resistencia y una religiosidad que se respira en cada rincón, por eso es común ver a colimenses que se persignan al pasar por una iglesia, participar en grande en las fiestas guadalupanas o todo lo que involucre religión y en sus comentarios  mencionar “Si Dios quiere”.

La frase del título no es hipérbole. “Bien vale un Ave María” expresa asombro y gratitud, esa admiración que brota cuando algo nos sobrepasa. Colima, en su discreción y en su marginalidad cultivada durante siglos a espaldas de los grandes centros de poder, ha preservado lo que muchas regiones han perdido: la capacidad de asombrar.

La historia de Colima nace de una rebeldía. En 1522, Juan Rodríguez de Villafuerte desobedeció a Hernán Cortés y se adentró en la provincia de Colimán buscando oro. Los periquillos y los chanal resistieron con tal ferocidad que la expedición española fue desbaratada. Un año después, el 25 de julio de 1523, Gonzalo de Sandoval fundó la villa de Colimán en la festividad de Santiago Apóstol. En un territorio donde sismos, ciclones y erupciones formaban —y forman— parte de la vida cotidiana, poner la villa bajo la protección del apóstol era acto de fe y de estrategia.

Lo que distingue a Colima no es solo su paisaje, sino la forma en que sus habitantes lo habitan. La religiosidad popular es infraestructura emocional, sistema de protección simbólica frente a la incertidumbre de vivir entre volcanes y temblores.

Cuando el sismo de 2003 sacudió a todo Colima, en Tecomán la gente interpretó que una escultura de la Virgen de la Candelaria había girado la cabeza hacia el pueblo para protegerlo. Las Fiestas Charro Taurinas de Villa de Álvarez, celebradas desde el siglo XIX, se consideran necesarias para que la tierra no tiemble: si no se organizan, San Felipe de Jesús —patrono desde 1668— se molesta. Estas no son supersticiones menores. Son la manera en que una comunidad negocia miedo y esperanza con fuerzas que no controla.

En esa misma lógica se inscribe la tradición de las cuatro cruces. Hacia finales del siglo XVIII, cuando temblores, erupciones, ciclones, epidemias e incendios azotaban sin tregua, un cura reunió a los vecinos y propuso colocar cuatro cruces orientadas a los puntos cardinales. Cada una tenía un encargo: una contra ciclones e inundaciones; otra contra erupciones y terremotos; la tercera contra chubascos e incendios; la cuarta contra plagas y epidemias. Fueron bendecidas y fijadas en sitios estratégicos del centro. La leyenda sostiene que, mientras permanezcan en pie, Colima estará a salvo; si la última cayera, todas las calamidades llegarían al mismo tiempo. 

La devoción a la Virgen de Talpa moviliza cada año a miles de peregrinos desde Colima hasta Talpa de Allende. Las romerías que parten de Comala y otros municipios no son solo actos de piedad: son afirmaciones colectivas de identidad.

Colima se recorre como un rosario. El Volcán de Fuego domina el horizonte; su vecino, el Nevado de Colima, se alza a 4,339 metros. Entre ambos, bosques de niebla, plantaciones de café y lagunas de color esmeralda como la Laguna de La María. La costa, de Barra de Navidad a Boca de Apiza, ofrece playas para todos los temperamentos. En Manzanillo, capital mundial del pez vela, el mar es promesa de abundancia. En Cuyutlán, las salinas producen una sal artesanal elaborada con métodos prehispánicos.

Y está Comala, el pueblo mágico que Juan Rulfo convirtió en literatura universal. Casonas blancas, techos de teja roja y callejones empedrados componen un paisaje detenido en el siglo XIX. Los visitantes buscan a Pedro Páramo y encuentran pan recién hecho, ponche de granada y la hospitalidad de un pueblo que sabe que su fama literaria es, a la vez, bendición y carga.

La gastronomía colimense es otro tesoro que justifica el asombro. Sopitos, tatemado, pozole seco, enchiladas dulces con tuba, alfajores y pellizcos son documentos históricos comestibles. La cocina colimota hereda raíces nahuas, purépechas, andaluzas, afrodescendientes y filipinas. La tuba, llegada de Filipinas hace siglos, es prueba de que este estado ha sido siempre cruce de caminos. El proyecto “Mujeres del Fuego” ha documentado estas prácticas como patrimonio biocultural.

El historiador José Miguel Romero de Solís ha señalado que Colima construyó su identidad “a espaldas de la Nueva España, primero, y en contraposición a los desafíos de Michoacán y Jalisco después”. Esa marginalidad, lejos de ser debilidad, ha sido su fortaleza.

Hoy, cuando el turismo masivo devora destinos enteros, Colima sigue siendo un lugar donde es posible encontrar silencio. Donde el visitante puede deslizarse por la Piedra Lisa y creer, como manda la tradición, que regresará. Donde la gente sigue colgando cruces de palma en los árboles para ahuyentar tormentas.

Esa misma vigilancia se activó de nuevo en octubre de 2026, cuando el huracán Simón, de categoría 4, se estacionó frente a las costas de Manzanillo. Muchos temieron que se convirtiera en un gran desastre. El sábado 10 de octubre, el viento, la lluvia y la incertidumbre no dejaron dormir a buena parte de la población, otra parte sabiéndose protegida por la divinidad durmió sin pendiente alguno. Refugios se abrieron, evacuaciones preventivas se ordenaron y, una vez más, la comunidad recurría a la misma mezcla de precaución y fe que ha acompañado a Colima desde sus orígenes.

“Colima, bien vale un Ave María.” La frase podría parecer excesiva para quien no ha estado allí. Pero para quien ha visto el Volcán de Fuego teñir de rojo el amanecer, para quien ha caminado por los callejones blancos de Comala al atardecer, para quien ha probado un sopito recién hecho, para quien ha sentido cómo la tierra tiembla bajo sus pies y ha comprendido que en Colima la vida se vive con intensidad particular porque la tierra misma recuerda constantemente su fragilidad, la frase se queda corta.

Un Ave María es salutación, alabanza, plegaria que no pide nada: solo reconoce la belleza. Es lo que se dice cuando las palabras normales no alcanzan.

Colima, en su pequeñez territorial, en su historia de resistencias y sincretismos, en su paisaje de fuego y agua, en su gente que ha aprendido a convivir con lo impredecible, merece no uno sino muchos Ave Marías. Merece el asombro que se expresa cuando la belleza y la verdad se encuentran. Merece, en fin, la gratitud de quienes hemos entendido que hay lugares que no se visitan: se rezan.

*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.