Bitácora Reporteril
Por: César Barrera Vázquez
Veamos a quién le queda el saco del neofascismo, a propósito de la acusación que lanzó López Obrador contra periodistas y comunicadores críticos en un video grabado en su finca La Chingada. Hagámoslo con una regla elemental: no partir de una etiqueta, sino de los rasgos que los estudiosos han identificado.
Umberto Eco señala el miedo a la diferencia, la intolerancia al desacuerdo, la obsesión con el complot, la construcción permanente de un enemigo y la idea de que disentir es traicionar. Roger Griffin ubica el núcleo en la promesa de una regeneración nacional encabezada por un movimiento redentor. Stanley Payne añade el antiliberalismo y el liderazgo carismático y personalista.
Un académico estricto objetaría que Morena no es el fascismo histórico: no hay milicias ni partido único, y las elecciones siguen siendo competitivas. Es cierto. Pero la pregunta no es si el régimen es copia del original, sino cuántos rasgos comparte; y la comparación la abrió el propio expresidente.
Primero, el enemigo y el complot. La Cuarta Transformación dividió al país entre el “pueblo” y los “conservadores”, los “fifís” y los “traidores”. El adversario dejó de ser competidor y se volvió amenaza contra la nación. En su video, López Obrador atribuyó el control de los medios a “potentados” y extranjeros que “no nos ven con buenos ojos”, y dijo que los comunicadores “ganan 5 millones, pero no dejan de ser achichincles”.
Segundo, la regeneración y el culto al líder. El movimiento se presenta, desde su nombre, como una “transformación” que rescata a la patria de un pasado decadente: el rasgo central para Griffin. Y en 2018 el propio López Obrador dijo: “Yo ya no me pertenezco, yo soy de ustedes, soy del pueblo de México”. Puede leerse como servicio público, pero también como un vínculo directo, sin mediaciones, entre líder y pueblo: liderazgo carismático, en términos de Payne.
Tercero, la intolerancia al desacuerdo. Llamó a Carmen Aristegui “vocera de la derecha”, habló de neofascismo y acusó a los comunicadores de “decir mentiras y repetirlas y calumniar”. Y hay algo más grave: Berkeley documentó 337 periodistas y defensores asesinados durante el sexenio, 78 y 259 respectivamente. El informe no afirma que el Estado los asesinara; plantea que actos atribuibles al gobierno, como estigmatizar a críticos desde las mañaneras, pudieron contribuir a esas condiciones, con una impunidad de entre 93% y 99%.
Cuarto, el ataque a los contrapesos. Desaparecieron instituciones autónomas y se transformó el Poder Judicial: la nueva Suprema Corte tiene perfiles cercanos al oficialismo, como Lenia Batres, Loretta Ortiz y María Estela Ríos, exconsejera jurídica de López Obrador. La distancia entre poder político y justicia se redujo peligrosamente.
Y finalmente, el desprecio por el Estado de derecho cuando estorba. En 2022, durante la discusión en la Corte sobre su reforma eléctrica, sentenció: “No me vengan con ese cuento de que la ley es la ley”. Y la Constitución, que debía ser el límite, ha sido reformada por una mayoría calificada sobrerrepresentada.
Entonces, cuando López Obrador acusa de neofascistas a sus adversarios, ¿describe a sus enemigos o, sin darse cuenta, a rasgos de su propio movimiento? El saco, pues, no se lo pongo yo. Que cada quien se lo mida con la regla de la razón.
Dos puntos
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