Por: Ángel Durán
Antes de la llegada de los europeos, los pueblos originarios de lo que hoy es México ya tenían prácticas de higiene bien desarrolladas.
Los aztecas tenían una conciencia clara del aseo personal: el conquistador Andrés de Tapia registró que Moctezuma se bañaba dos veces al día, y el Códice Florentino incluso menciona plantas usadas como jabón.

Esta situación se prolongó hasta la década de 1950, cuando la gente comenzó gradualmente a sustituir el periódico por el papel.
En 1982, el entonces presidente Miguel de la Madrid impulsó una regulación histórica: exigir que baños públicos, hoteles y restaurantes contaran con papel higiénico.
Esta medida transformó el papel higiénico de elección privada en infraestructura pública, acelerando enormemente su adopción en la sociedad mexicana.
Cabe señalar que el contexto político de esta medida era coherente con la dirección reformista del gobierno de De la Madrid; en 1983 México vivió una reforma constitucional que fortaleció la autonomía municipal en la gestión de recursos.
La normalización de las instalaciones sanitarias fue parte de esa ola de descentralización.
Hoy, la penetración del papel higiénico en los hogares mexicanos es altísima, pero tirarlo al inodoro o al bote de basura sigue siendo una decisión cotidiana llena de divisiones.
La postura de Profeco y la UNAM es clara: en viviendas con sistemas de drenaje modernizados, el papel higiénico puede ir directo al inodoro, porque está diseñado para desintegrarse rápidamente en contacto con el agua.
Pero en sistemas antiguos o con capacidad de drenaje insuficiente, usar un bote con tapa y vaciarlo con frecuencia sigue siendo la opción realista para prevenir obstrucciones.
Sobre el riesgo sanitario del bote: el papel usado, incluso en un bote con tapa, sigue siendo un foco de bacterias como la E. coli. Al abrir la tapa, pueden liberarse al aire, causando olores y posibles infecciones.
Además, cuando ese papel termina en un relleno sanitario, su descomposición libera metano, un gas de efecto invernadero potente. La distinción clave: solo el papel higiénico está recomendado para ir al inodoro.
Toallitas húmedas, productos de higiene femenina, papel de cocina y periódico no deben irse por el drenaje, pues no se desintegran fácilmente y son precisamente los principales culpables de las obstrucciones.
Organismos de agua de varias ciudades mexicanas, como CESPT en Tijuana o JUMAPAM en Mazatlán, recuerdan constantemente a la población que las toallitas húmedas y los pañales son las causas más comunes de taponamiento.
En los resultados de búsqueda no hay datos porcentuales específicos sobre qué proporción de la población mexicana tira el papel al inodoro versus al bote.
Lo que sí se puede confirmar es que alrededor del 70 al 75 por ciento de la población mundial no usa papel higiénico, sino que se limpia principalmente con agua. En México, el uso de papel higiénico está muy por encima del promedio global, pero la distribución porcentual del método de desecho carece de estadísticas oficiales.
Las alternativas al papel higiénico están ganando atención global, y México no es excepción.
El inodoro inteligente está altamente extendido en Japón y Corea del Sur; el 60 por ciento de los hogares japoneses tiene uno con función de lavado.
En México, estos productos están entrando en viviendas de gama media-alta y proyectos de renovación urbana.
La pandemia de 2020 aceleró el cambio de percepción de que lavar con agua es mejor que limpiar con papel, y los desarrolladores de la Ciudad de México comenzaron a ver el inodoro inteligente como una solución de eficiencia espacial, pues elimina los 40 a 60 centímetros que ocupa un bidet independiente, algo especialmente atractivo en departamentos compactos.
El bidet tiene muy baja penetración en México.
Esto contrasta fuertemente con Argentina, donde el 90 por ciento de los hogares de ingreso medio-alto tienen bidet, e Italia, donde lo usa el 97 por ciento de la población.
Una mujer argentina en la Ciudad de México generó controversia en redes sociales al quejarse en video de que no hay bidet, lo que precisamente ilustra la sensibilidad de esta diferencia cultural.
La dimensión ambiental es compleja.
Un análisis de ciclo de vida muestra que producir un rollo de papel higiénico requiere aproximadamente 37 galones de agua, 1.3 kilovatios hora de electricidad y cerca de 1.5 libras de madera.
Pero el consumo eléctrico del inodoro inteligente, por el calentamiento de agua, también genera huella ambiental.
Si se usa electricidad verde o se baja la temperatura del agua, su desempeño puede ser mejor que el papel tradicional.
La variable central es la fuente de electricidad, no el consumo de agua en sí.
La dirección futura probablemente sea la coexistencia más que la sustitución: en el horizonte previsible, el papel higiénico seguirá presente en la mayoría de los baños mexicanos, pero la difusión de las tapas de inodoro inteligentes, desde unos 680 pesos, y la mayor conciencia pública sobre qué se puede tirar y qué no, impulsarán gradualmente formas de limpieza más higiénicas y sostenibles.
*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.






