Bitácora Reporteril
Por: César Barrera Vázquez
El régimen de Morena disfraza sus intenciones autocráticas con un discurso de ideales democráticos. Así ha desmantelado el andamiaje constitucional de nuestra incipiente democracia para montar lo que Mario Vargas Llosa llamó “la dictadura perfecta”.
En ese sentido, con Morena pasa lo mismo que sucedía con el pato que se decía ser un gato. Por eso conviene centrarnos no en lo que dice, sino en cómo se comporta y ejerce el poder, ya que una democracia es más que celebrar elecciones: necesita contrapesos, organismos autónomos y libertad de expresión. Máxime cuando a este régimen le encanta legitimar su actuar autoritario con consultas a mano alzada, referendos y elecciones, como ocurrió con el Poder Judicial.
No es raro: según estudios como el de la Fundación Libertad y Desarrollo, las dictaduras suelen surgir por líderes electos en las urnas —Hitler, Fujimori, Chávez, Lukashenko, Putin u Ortega—, quienes ya en el poder acabaron con los contrapesos. Por eso Sartori escribió que el principal enemigo de una democracia es otra que se autoproclama “la verdadera democracia”.
Conviene observar las acciones del régimen y la presidenta, no los discursos. Así ocurrió con la desaparición del INAI y el CONEVAL: se habló de eliminar duplicidades y un reducir gastos, pero el verdadero objetivo fue la concentración de poder. Los efectos ya se ven: solicitudes sin respuesta y funcionarios que sólo transparentaron su declaración patrimonial tras la presión mediática, como fue el caso de Octavio Romero Oropeza, exdirector de Pemex, y el exsecretario de Marina Rafael Ojeda Durán.
Con la reforma judicial ocurrió algo similar: se habló de acabar con privilegios y dejar que el pueblo eligiera jueces. Suena democrático. Pero la primera elección estuvo marcada por los “acordeones”: el INE documentó 37 modelos, con coincidencias superiores al 80% entre ganadores y las candidaturas promovidas en ellos; en la Corte, del 91%, con indicios de estrategia propagandística a favor del régimen. De ahí los efectos: ministras como Lenia Batres, Estela Ríos y Loretta Ortiz, exhibidas por desconocimiento del derecho y por manifestar su simpatía hacia su partido, Morena.
Ahora el régimen vende una iniciativa para proteger la identidad gráfica institucional, con penas de hasta siete años de cárcel. La experiencia enciende alarmas: podría usarse para censurar la sátira política, con un destinatario concreto, pues cuentas como La Casa de los Mañosos han exhibido con éxito la podredumbre del régimen.
Así pasamos de las “benditas redes sociales” —como las llamó López Obrador cuando cuestionaban al gobierno— a un discurso que cambia en cuanto esas redes cuestionan a quienes hoy gobiernan. No cambiaron las redes: cambiaron los papeles.
Si un gobierno debilita contrapesos, concentra funciones y amplía facultades que afectan la crítica, hay razones para estar alerta. No importa cómo se llame; importan las características que lo definen. Y si tiene plumas, pico aplanado, es ovíparo y hace cuac cuac, no tiene sentido seguir discutiendo si es un pato, aunque se diga gato. Lo mismo pasa con Morena, que se dice ser un partido democrático y liberal.
Dos puntos
Para Morena, oposición y crítica son lo mismo. Sheinbaum ya ha mostrado cómo reacciona ante la crítica: con descalificaciones, ignorando a quienes no piensan como ella. Monólogos en lugar de diálogos; concentración en lugar de contrapesos. Para el régimen sería mejor que la oposición desapareciera, o se volviera adláteres, como los demás partidos del oficialismo. Otra característica esencial de una dictadura: desaparecer a la oposición, lo que sucede en los hechos al no tomarlos en cuenta la presidenta ni el régimen.






