Bitácora Reporteril
Por: César Barrera Vázquez
Si el oficialismo y el régimen no quieren que se critique a los hijos del fundador de su partido, Andrés Manuel López Obrador, entonces que éstos sean congruentes y vivan en la austera medianía que su padre pregonó electoralmente durante toda su vida política.
Porque los excesos y gastos suntuosos exhibidos de los hijos de López Obrador contradicen frontalmente aquel discurso de austeridad y “pobreza franciscana” que convirtió en una de las principales banderas de su movimiento.
El propio López Obrador, siendo presidente, llegó a presumir que cargaba apenas 200 pesos en la cartera y recomendaba tener solamente un par de zapatos. Todo formaba parte de la construcción de una imagen: la del gobernante humilde, ajeno a los lujos de aquella clase política que durante años descalificó.
Pero entonces aparecieron sus hijos. Ahí está Andy López Beltrán, exhibido por su viaje a Tokio, hospedándose y consumiendo en establecimientos exclusivos, mientras el discurso oficialista seguía hablando de austeridad. También José Ramón López Beltrán, cuya residencia en Houston provocó la polémica de la llamada Casa Gris, y Gonzalo “Bobby” López Beltrán, mencionado junto con sus hermanos en distintas investigaciones periodísticas sobre negocios y empresarios relacionados con obras gubernamentales.
Aclaro: no resulta censurable tener dinero ni gastarlo como a cada quien le plazca. El problema aparece cuando quienes disfrutan esos privilegios pertenecen a la familia del político que convirtió la austeridad en argumento de superioridad moral y dividió durante años a los mexicanos entre un pueblo bueno y una élite de “fifís”, conservadores, aspiracionistas y privilegiados.
Si gastar en restaurantes exclusivos, viajar al extranjero, vestir determinadas marcas o vivir en residencias costosas era evidencia de frivolidad cuando lo hacían los adversarios de López Obrador, tendría que serlo también cuando lo hacen sus hijos. Pero como se les defiende queda claro que aquello nunca fue un principio, sino una grosera propaganda.
A esto se agregan los múltiples señalamientos periodísticos sobre presunto tráfico de influencias y negocios relacionados con personas cercanas a los hijos del expresidente durante su sexenio. Señalamientos que deberían investigarse y esclarecerse precisamente para determinar qué existe detrás de ellos y evitar que la cercanía familiar con el fundador de Morena se convierta en un manto de impunidad.
Porque ése es el verdadero problema: la incongruencia. López Obrador hizo de la humildad y la austeridad una identidad política y utilizó durante años calificativos como “fifís” para desacreditar moralmente a quienes llevaban estilos de vida que consideraba propios de las élites. Hoy algunos de esos calificativos podrían utilizarse para describir precisamente a sus propios hijos.
De ahí la pertinencia y legitimidad del señalamiento y la crítica: un político que exige a los demás principios que no aplica dentro de su propio círculo termina desacreditando esos mismos principios. Los hijos de López Obrador, por tanto, no son un asunto estrictamente privado cuando su comportamiento contradice una de las principales banderas políticas utilizadas por su padre para llegar y mantenerse en el poder.
Reitero: no se les critica por tener dinero. Se critica la hipocresía de condenar en los adversarios aquello que se tolera —y hasta se justifica— cuando ocurre dentro de la familia.
Dos puntos
El oficialismo se ha empecinado en abanderar la austeridad republicana como una política pública y no como una línea moral de conducta. El problema es que no ha resultado ser ninguna de las dos cosas. Obras como el Tren Maya, la Refinería de Dos Bocas, el Tren Interoceánico, la Megafarmacia y Litio para México, entre otras obras y ocurrencias, han implicado inversiones multimillonarias del erario mientras otras áreas, como la salud, muestran carencias cada vez más visibles. A ello se suma la exhibición constante del patrimonio y los estilos de vida de integrantes de la clase política morenista, cada vez más difíciles de conciliar con aquella prédica de la austeridad republicana. Al final, terminaron convirtiéndose en la élite que tanto criticó su líder moral.
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