Ventana Política
Por: Guillermo Montelón Nava
Durante mucho tiempo, la alianza entre Morena, el Partido Verde y el Partido del Trabajo pareció funcionar bajo una lógica elemental: juntos son más fuertes y separados corren mayores riesgos. Pero rumbo a 2027 esa ecuación comienza a romperse en Colima. Las ambiciones políticas, los liderazgos regionales y, sobre todo, la disputa por la candidatura a la gubernatura, están exhibiendo las grietas de un bloque que, hasta ahora, había logrado presentarse como una fuerza cohesionada.
La decisión de Virgilio Mendoza Amezcua de competir con su partido o por su cuenta, es mucho más que una diferencia táctica. Es una declaración de independencia política.
El senador tiene claro que si su partido permanece subordinado a Morena, no tendrá la posibilidad de encabezar el proyecto estatal. Por eso ha decidido jugar sus propias cartas y apostar por una candidatura que pretende convertir al Verde en algo más que el tradicional partido aliado del poder en turno.
La apuesta no es menor. Virgilio Mendoza cuenta con una trayectoria que incluye dos presidencias municipales de Manzanillo, una diputación federal y ahora un escaño en el Senado. Su principal fortaleza está precisamente en Manzanillo, el municipio con mayor peso económico y electoral del estado. El reto, sin embargo, será demostrar que su capital político puede trascender el puerto y convertirse en una fuerza verdaderamente estatal. Además, deberá tomar en cuenta que, si bien él no votó por Obrador, como lo ha confesado, el pertenecer al PV aliado de Morena y haber votado a favor de varias iniciativas nocivas para el país, le representan un lastre, cosa que ya ha podido comprobar en varias reuniones.
Porque una cosa es tener presencia sólida en Manzanillo y varios municipios, y otra muy distinta construir una candidatura capaz de competir en todo Colima. Pero Mendoza parece convencido de que existe espacio para ello. El Partido Verde ya ha demostrado que puede construir una ruta propia y ganar una gubernatura sin depender de Morena.
Mientras el Verde busca emanciparse, el Partido del Trabajo parece enfrentar una realidad mucho menos favorable.
Joel Padilla se mantiene en la competencia y reclama reglas claras, particularmente una medición realizada por una empresa externa que otorgue mayor credibilidad a la definición de la candidatura. Su planteamiento tiene lógica: cuando una fuerza política participa en una alianza, pero el partido dominante controla el método, la encuesta, la estructura y finalmente la decisión, todo es una simulación más.
Pero la política no sólo se juega con argumentos. También se juega con correlaciones de fuerza.
Y hoy, Morena tiene una aspirante claramente perfilada: Rosa María Bayardo. La exalcaldesa con licencia de Manzanillo representa, hasta ahora, la opción que cuenta con el respaldo de quienes manejan al partido guinda. Su candidatura no dependerá únicamente de una encuesta; dependerá de la decisión política de quienes buscan conservar el poder y que no están dispuestos a entregarlo a uno de sus aliados.
Por eso, la batalla de Joel Padilla luce cuesta arriba. Puede insistir en encuestas externas, exigir transparencia y defender la legitimidad del procedimiento, pero enfrenta un hecho político contundente: el PT no tiene hoy el peso suficiente para imponer las reglas de una sucesión en la que Morena pretende conservar el control. Menos si, como lo intenta, reconoce que el gobierno de la 4T en Colima ha fracasado en muchos aspectos.
El riesgo para Padilla es terminar convertido en aspirante de acompañamiento, en una figura que participa en el proceso, pero cuya presencia no altera realmente el resultado. Y ése es precisamente uno de los problemas que comienzan a afectar a la alianza oficialista: sus integrantes ya no parecen dispuestos a conformarse con papeles secundarios.
La fractura puede tener consecuencias mayores.
Si Morena postula a Rosa María Bayardo y el Verde impulsa a Virgilio Mendoza, la elección de 2027 podría adquirir una configuración distinta a la de los últimos procesos. El voto que hasta ahora se concentraba dentro del bloque oficialista se dividiría. Morena conservaría su maquinaria, su estructura territorial y el respaldo nacional. El Verde intentaría consolidar un polo propio pero el PT tendría que decidir si acompaña nuevamente al partido guinda o si utiliza la negociación electoral para preservar espacios.
En medio de esa disputa aparece una pregunta fundamental: ¿quién se beneficiará de la división?
La respuesta dependerá, en buena medida, de la oposición. Porque de poco servirá la fractura oficialista si PRI, PAN y Movimiento Ciudadano permanecen igualmente dispersos, atrapados en sus propios intereses y sin una candidatura capaz de despertar entusiasmo ciudadano. La oposición tiene ante sí una oportunidad, pero una oportunidad desperdiciada no deja de ser una derrota.
El argumento de Mendoza sobre un amplio deseo ciudadano de cambio deberá probarse en las urnas. El descontento social, por sí solo, no gana elecciones. Necesita una opción política creíble, organización, candidatos competitivos y, sobre todo, una narrativa que vaya más allá de denunciar al gobierno.
*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.

