Por: José Díaz Madrigal
De los barrios viejos del centro de Colima, el de La Sangre de Cristo es uno de los más emblemáticos de la ciudad. La denominación se debe al Templo que lleva el Sagrado Nombre. Ubicado éste, en la confluencia de las calles Guerrero, Filomeno Medina y Emilio Carranza.
En otros tiempos la pequeña plazoleta, con su antigua fuente de cantera gris, tipo morisca, situada frente a la Iglesia, era el lugar de vendimias diversas. Por las noches se animaba más el bullicio del lugar, cuando se instalaban puestos de comida y golosinas; sobretodo los domingos que era muy concurrida, porque la mayoría de la gente acudíamos a misa.
A dicho Templo íbamos feligreses de distintos rumbos de las cercanías: de la Allende, Obregón, los bravucones de la Ignacio Sandoval y los que vivíamos por la Cadenas.
Allá en la lejana infancia, era habitual que fuéramos a la misa de niños los domingos a las 8 de la mañana. Nos íbamos caminando tres o cuatro cuadras. Llegábamos bien peinados y con la camisa dominguera. Las catequistas nos acomodaban banca por banca y siempre vigilantes para que no platicáramos.
Otras veces en que no asistíamos por la mañana, íbamos la familia completa a misa de siete de la tarde. Cuando acudíamos a esa hora, ni atención le ponía al padre Luis Gallardo; sólo pensaba en el montón de golosinas que había afuera de la Iglesia. Obvio que es un pensamiento natural en un chiquillo de cinco o seis años, esperando que a la salida le compraran un sabroso algodón de azúcar de llamativo color o una bola grande de maíz acaramelado o unos deliciosos churros.
Ya de regreso al hogar, tomábamos calle arriba por la Emilio Carranza; poco antes de llegar a la esquina de la Campana, se levantaba majestuosa una hermosa residencia de dos plantas que lucía como nueva. Por enfrente cerrada con un cancel de herrería alto que daba a la cochera. Por entre los barrotes metálicos, separados diez centímetros uno del otro, se dejaba ver tres autos nuevos bien estacionados. Uno de éstos coches era un flamante Ford Mustang, que en aquellos ayeres era lo máximo en autos deportivos.
El cancel limitaba por la parte izquierda de la casa, con un lustroso muro de mármol veteado de líneas verdes oscuras. El muro situado a pie de banqueta, favorecía que justo al pasar a lado de esa barda fría y bien pulida; los chiquillos dejábamos el dulce que traíamos comiendo, con el fin de pegar la mejilla tallando desde el inicio del muro hasta que se terminaba; quedando al final con el cachete frío.
Una ocasión le pregunte a mi abuelo que caminaba a mi lado ¿quien vive en esa casa tan bonita? El abuelo viejo halagador me contesta: aquí vive don Jesús Díaz. Luego con picardía agregó medio riendo, ves se apellide como tú. . . Tal vez sea tu pariente.
Pasó la infancia, la juventud. . . Se deshojaron con rapidez las hojas del calendario de la vida. Ahora en la actualidad, esa que fue una suntuosa y elegante mansión, luce triste, en el abandono total, deteriorada y bandalizada; de aquel soberbio muro de mármol ni rastro queda. El conjunto arquitectónico se vino a menos, como todo el vecindario de alrededor; que dejó de ser barriada habitacional para transformarse en pequeños comercios y también de casas solas.
Don Jesús Díaz Cuevas fue un próspero hombre de negocios, que llegó del vecino estado de Michoacán, donde nació en una población cercana a La Piedad y los límites de Guanajuato. Quizá por el breve tiempo que estuvo en la milicia, descubrió la bondadosa virtud que acarrea el orden, la disciplina y la constancia. Quienes lo trataron cuentan que era un tipo metódico y organizado.
Se vino a vivir al estado de Colima a la edad de 20 años, en 1929, fecha en que también contrajo matrimonio. A diferencia de algunos lugareños en que la indolencia, la rutina o zona de confort, no les permite ver oportunidades que otros si ven.
A propósito un colimote de origen, de la generación de don Jesús, se lamentaba diciendo que Colima era mala madre, puesto que le negaba el triunfo a sus hijos nacidos aquí, mientras favorecía a los fuereños. Como no va a ser madre castigadora, si buena parte de los nativos, se la pasa en la desidia, la pachorra, pensando solo en el jolgorio en divertirse; en tanto el que viene de fuera, llega apostando al trabajo productivo, en salir adelante.
Don Jesús si vió las oportunidades, con empeño y con hambre de progresar en estas tierras, primero se instaló en Armería donde puso una tienda de abarrotes. Por aquella época se sembraba mucho ajonjolí. Empezó por habilitar campesinos que hacían ese cultivo y al fin de la temporada les compraba la cosecha. Por ese tiempo también estaba en su apogeo la palma de coco y el aceite que produce la copra. Durante muchos años don Jesús fue el primer comprador de copra de Armería y Tecomán.
Así pues, relativamente en poco tiempo se convirtió en uno de los agricultores y comerciante más exitoso de todo el estado de Colima.
Con la idea de diversificar sus negocios, fundó una empresa de construcción. Fue él quien fraccionó la colonia Lomas de Circunvalación. Siendo un hombre justo y generoso, regaló la manzana entera donde está el colegio de las Adoratrices de esa colonia. También donó tres hectáreas por la avenida Niños Héroes para el hospicio: Hogar del Niño Colimense.
Don Jesús Díaz Cuevas era muy querido por todos aquellos que lo conocieron. Uno de sus biógrafos que tuvo la suerte de tratarlo comenta: don Jesús fue un hombre bueno en toda la extensión de la palabra.
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