Por: José Díaz Madrigal
No me rechaces ahora que soy viejo, no te alejes cuando mis fuerzas me abandonan. Sal 71-9
Por la calle Colima de la colonia Oriental en ésta capital, vivían 2 viejecitos en casas separadas aproximadamente 40 metros, una casa respecto a la otra. Uno de ellos, Martin de más o menos 75 años y el otro Nati de 100 años de edad. Los 2 solos y ambos salían a sentarse en la banqueta, en sillas de plástico de color rojo, de esas que regala la Coca. Cada quien afuera de sus respectivos domicilios.
Martin de cuerpo mediano, blanco de piel, ojos con ligero tinte verduzco y cara charrasqueada; es decir, con una gran cicatriz que le atravesaba la cara. Era un tipo agresivo y majadero. Por su actitud y aspecto físico, se podría suponer que fue pendenciero toda su vida. De preciso esa marca facial, donde tenía tasajeada la nariz junto con todo el pómulo izquierdo, no fue de gratis; pudo haber sido un botellazo recibido producto de alguna riña de botanero.
Por otro lado Natividad Camberos, que es el mero nombre de Nati, es un hombre delgado, de apariencia humilde, sencillo y con huellas de una piel curtida de trabajar en el campo, en jornadas cuando el Sol está más bravo. Su vivienda es un cuarto chico de 3×3, piso de tierra que al abrir la puerta, de golpe se siente una atmósfera húmeda. A simple vista se puede ver una cama individual, un anafre con carbón donde calienta tortillas; dos sillas de plástico y tres perros de raza pequeña que le hacen compañía. La esposa murió hace tiempo, quedando en completa soledad, puesto que no tuvieron hijos.
Desde hace un par de años, a ambos viejecitos se les había estado llevando una ración de comida caliente, de parte de la casa del adulto mayor: Hogar San Juan Pablo II.
De las mascotas de Nati, a uno de ellos le gusta estar echado arriba de la silla que le queda libre, teniéndolo amarrado con una delgada soga. Cierto día le pregunté ¿cómo se llama el perro de la silla? -se llama borracho, porque es enojón- ¿pero por qué le pusiste borracho? -es que se parece a Martin, al que antes también le traían comida-.
-Fíjate que Martin falleció allá sentado. Se le paró el corazón así de repente. Tal vez después de haber renegando con alguien, porque deveras era un valedor peleonero, ofensivo, de mecha corta; de plano no tenía lado para tratarlo, con todo mundo tenía desavenencias. Cada que yo pasaba por donde estaba él sentado, cuando iba a la tienda, me mentaba la madre; parecía que estaba borracho y me decía: no pases por mi banqueta, mendigo indio gediondo. Yo ni caso le hacía. Pero uno de esos días, clavó la piocha en el pecho, así quedó hasta que una vecina que vive más abajo por la misma calle, vino a verlo, le habló por su nombre y luego le zangoloteó tantito la cabeza como para despertarlo, pero ya no resollaba, ni lucha que hacerle. Quedó como dormido, bien difunto-.
Historias como la de éste par de viejecitos abandonados a su suerte, prácticamente en completa soledad; se repiten por diferentes partes de nuestro entorno. En Hogar San Juan Pablo II, son poquísimos los viejitos violentos como Martin, éste sin duda fue de la clase de personas que son genio y figura hasta la sepultura. Casi todos son agradecidos y de ese modo pasa en los demás asilos de aquí de Colima.
Según estimaciones del INEGI, para dentro de 4 años en México se va a invertir la pirámide poblacional, en que va a haber más adultos mayores que niños y jóvenes. Ésto es un problema del cual debemos estar atentos sociedad y gobierno.
Dentro de las mismas circunstancias referente al asunto del envejecimiento, una de las vertientes preocupantes, es el pesado dilema de la soledad entre los viejos. Algunos países que padecen la soledad no deseada y el aislamiento de la vejez, es ya considerada un problema grave de salud pública.
En lo cotidiano vivimos una epidemia de soledad, puesto que la soledad no elegida se convierte en aislamiento crónico, ésto enferma al adulto mayor que padece abandono en esa postrera etapa de la vida.
A Nati se le continúa proporcionando alimentos calientes. Se le nota en su cara el rastro de una tristeza larga. Alivia un poco su semblante después de dejar el alimento y dialogar con palabras de cariño y de aliento.
En Colima y en México en general, la soledad es una realidad silenciosa, una certeza callada. Modestamente Hogar San Juan Pablo II, lleva a cabo una pequeña contribución para aligerar la carga que significa la soledad del adulto mayor.
*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.

