La sucesión, incongruencia y desgaste de MORENA

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VENTANA POLÍTICA

Por: Guillermo Montelón Nava

En política ya es común, sobre todo en el régimen de Morena, que tan pronto toman posesión comienzan a pensar en el siguiente cargo, en lugar de empeñarse en dar buenos resultados. En Manzanillo y en todo el estado esa percepción se está generalizando. Mientras la ciudadanía enfrenta una realidad marcada por la inseguridad y la violencia, la deficiencia de los servicios públicos, el crecimiento urbano desordenado y una movilidad cada vez más caótica, el debate político está en la construcción anticipada de una candidatura para la gubernatura.

No se trata únicamente de que Rosa María Bayardo aspire legítimamente a un cargo de mayor responsabilidad. En una democracia, cualquier proyecto es válido. Lo preocupante es cuando la promoción de ese proyecto se convierte en prioridad antes que la solución de los problemas sin que haya transparencia sobre el uso de recursos.

La percepción de que Morena y el Gobierno del Estado han comenzado a construir, con demasiada anticipación, una candidatura alrededor de la presidenta municipal de Manzanillo abre preguntas inevitables: ¿Dónde queda obligación de respetar las leyes? Y ¿Dónde la responsabilidad cuando todavía existen pendientes tan profundos en el gobierno municipal?

La respuesta de muchos manzanillenses es de rechazo y de Crítica, sobre todo porque la ciudad enfrenta desafíos que ya no admiten mentiras ni campañas de imagen. Basta recorrer colonias, escuchar a comerciantes, transportistas o vecinos para encontrar una preocupación común: la calidad de vida se sigue deteriorando.

Los servicios públicos continúan siendo motivo de reclamo ciudadano. Calles deterioradas, deficiencias en el mantenimiento urbano y una infraestructura que va siempre detrás del crecimiento de la ciudad forman parte de una realidad cotidiana que se suma al desprestigio que ya arrastra Morena por corrupción, impunidad y presunta complicidad con el crimen.

Pero existe un tema todavía más delicado: Manzanillo no solamente es el puerto comercial más importante del país; también es el escenario de una violencia que ha alterado la vida cotidiana de miles de familias. La discusión sobre las responsabilidades entre los distintos órdenes de gobierno resulta políticamente conveniente, pero socialmente estéril. Al ciudadano poco le importa si la competencia corresponde al municipio, al estado o a la federación. Lo que exige es recuperar la tranquilidad para vivir, trabajar y transitar.

Cuando el miedo se convierte en parte de la rutina, toda estrategia política pierde legitimidad. A ello se suma un problema que durante años fue ignorado y que hoy amenaza con convertirse en uno de los principales obstáculos para el desarrollo económico y social: la movilidad.

Una ciudad que concentra uno de los puertos más importantes de América Latina no puede seguir creciendo sin una planeación urbana integral. El incremento del transporte de carga, la expansión inmobiliaria, el aumento del parque vehicular y la falta de infraestructura suficiente han generado un escenario donde trasladarse de un punto a otro consume tiempo, recursos y calidad de vida.

No se trata solamente de tráfico. Se trata de competitividad, productividad y bienestar.

El crecimiento urbano tampoco responde a una visión estratégica de largo plazo. Colonias que crecen sin servicios suficientes, infraestructura insuficiente para atender la expansión de la población y una sensación permanente de que la ciudad avanza más rápido que su capacidad institucional para administrarla. De sustentabilidad y medio ambiente ni hablar.

Paradójicamente, mientras estos problemas se acumulan, el discurso político se concentra en “Es Rosy” y el futuro electoral.

Eso explica la inconformidad ciudadana. Porque las campañas anticipadas, sean legales o no dentro de los márgenes que establece la legislación electoral, siempre transmiten un mensaje político sobre las prioridades del poder.

Y cuando los ciudadanos observan espectaculares, giras, promoción personalizada o una narrativa cuidadosamente construida para posicionar una figura política mientras continúan esperando soluciones concretas a los problemas cotidianos, la gente se molesta porque en lugar de gobernar hacen campaña.

Morena enfrenta además un desafío que no debería minimizar. Su narrativa electoral ha sido presentarse como un movimiento distinto a los partidos tradicionales. Sin embargo, lo que hacen es utilizar la estructura política del gobierno para construir posicionamientos personales, descarados. Su soberbia o ceguera les impide aceptar que la ciudadanía observa la incongruencia y contradicción.

Y es que la sociedad evalúa a Rosy, no por la intensidad de su propaganda sino por los resultados. Ninguna estrategia de comunicación puede sustituir calles funcionales, colonias seguras, transporte eficiente o servicios públicos de calidad. Indira y Rosy olvidan que los cargos superiores no deberían ser un premio a las aspiraciones, sino una consecuencia de los resultados.

Si Manzanillo continúa enfrentando rezagos en seguridad, movilidad, infraestructura y calidad de los servicios públicos, resulta inevitable que una parte importante de la sociedad se las cobrará en las urnas, por más artimañas y marrullerías que usen.

Ninguna candidatura debería construirse sobre la narrativa del marketing político cuando la realidad cotidiana cuenta una historia distinta, menos cuando ya son un movimiento desgastado, desprestigiado y muy cuestionado por lo que le han hecho al país.

*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.