Nacionalismo de plaza pública: el costo político de la movilización permanente

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VENTANA POLÍTICA

Por: Guillermo Montelón Nava

El acto encabezado por la presidenta Claudia Sheinbaum, presentado como una respuesta política a las tensiones con Estados Unidos, deja más preguntas que respuestas sobre las prioridades reales del gobierno federal y de Morena. Más allá del contenido del mensaje presidencial, lo que llamó la atención fue la enorme maquinaria de movilización desplegada para llenar la plaza pública, la participación coordinada de gobernadores, funcionarios, legisladores y estructuras partidistas, así como el uso de una narrativa nacionalista que parece orientada tanto a la confrontación externa como a la consolidación interna del poder.

La primera interrogante es sencilla: ¿era realmente necesario organizar un acto de estas dimensiones? México enfrenta problemas urgentes en materia de seguridad, salud, crecimiento económico, infraestructura y servicios públicos. Sin embargo, una vez más, el aparato político se concentró en organizar una demostración masiva de respaldo al gobierno. Miles de personas fueron trasladadas desde distintos estados, numerosos servidores públicos dedicaron tiempo y recursos a la convocatoria y las estructuras territoriales de Morena operaron para garantizar una imagen de unidad y fortaleza.

La práctica del acarreo, que durante décadas fue criticada por la izquierda mexicana cuando era utilizada por los gobiernos priistas, parece haberse normalizado bajo nuevas siglas. Aunque los organizadores insisten en que la asistencia fue voluntaria, numerosos testimonios, reportes periodísticos y la propia lógica de operación política sugieren que gran parte de la movilización dependió de redes clientelares, estructuras gubernamentales y mecanismos de presión política que distan mucho de la espontaneidad que se pretende proyectar.

El problema no es únicamente ético. También es financiero. Cada movilización masiva implica costos de transporte, logística, operación, seguridad y organización. Aunque muchas veces esos gastos no aparecen de manera transparente en los presupuestos oficiales, terminan siendo absorbidos directa o indirectamente por recursos públicos o por estructuras políticas financiadas con dinero de los contribuyentes. En un país donde millones de personas enfrentan carencias básicas, resulta legítimo preguntarse si estas demostraciones de fuerza justifican el gasto que implican.

Más preocupante aún es la narrativa que acompaña estos eventos. Morena ha encontrado en el discurso nacionalista una herramienta política sumamente eficaz. La fórmula es relativamente simple: ante cualquier cuestionamiento proveniente del exterior, especialmente de Estados Unidos, se presenta la situación como una agresión contra la soberanía nacional. De esta manera, el debate deja de centrarse en los hechos concretos y se traslada al terreno emocional del patriotismo.

Se trata de una estrategia políticamente rentable porque coloca a los críticos en una posición incómoda. Quien cuestiona las decisiones del gobierno corre el riesgo de ser señalado como aliado de intereses extranjeros o como opositor a la nación misma. El problema es que esta lógica reduce el espacio para la discusión racional y democrática. Defender la soberanía nacional no debería significar renunciar al análisis crítico de las políticas públicas ni cerrar los ojos frente a los problemas internos.

La relación con Estados Unidos exige inteligencia política, no solamente discursos encendidos. México comparte con su vecino del norte una de las relaciones económicas más importantes del mundo. Millones de empleos dependen del comercio bilateral. La cooperación en seguridad, migración, combate al narcotráfico e intercambio de inteligencia resulta fundamental para ambos países. Convertir cada diferencia en un episodio de confrontación pública puede generar beneficios políticos de corto plazo, pero también riesgos importantes para la estabilidad económica y diplomática.

Por otra parte, resulta difícil ignorar el componente electoral de este tipo de movilizaciones. Aunque formalmente se presentan como actos de respaldo institucional o defensa de la soberanía, en la práctica funcionan también como ejercicios de posicionamiento político. Los gobernadores de Morena muestran disciplina y capacidad de convocatoria. Las figuras emergentes fortalecen su presencia pública. La estructura territorial se mantiene activa. Y el partido envía un mensaje de cohesión hacia el interior y hacia la oposición.

Con la mirada puesta en las elecciones de 2027, estas movilizaciones adquieren un significado adicional. No se trata únicamente de respaldar a la presidenta; también sirven para consolidar la maquinaria electoral que buscará mantener la hegemonía política del movimiento en los próximos años. La línea que separa al gobierno del partido se vuelve cada vez más difusa cuando funcionarios públicos, gobiernos estatales y estructuras partidistas participan simultáneamente en este tipo de eventos.

La democracia requiere ciudadanos informados, no ciudadanos movilizados mediante consignas emocionales. Requiere debate, transparencia y rendición de cuentas. También exige distinguir entre los intereses del país y los intereses de una fuerza política específica. Cuando la defensa de la nación se convierte en una herramienta de propaganda partidista, el riesgo es que el patriotismo termine siendo utilizado como un mecanismo de control político.

México necesita una relación firme y digna con Estados Unidos, pero también una relación pragmática y responsable. Necesita gobiernos capaces de defender los intereses nacionales sin caer en la tentación de utilizar cada conflicto externo como una plataforma de movilización interna. Y necesita ciudadanos que cuestionen tanto los excesos de la oposición como los excesos del poder.

Porque una cosa es defender la soberanía nacional y otra muy distinta utilizarla como argumento para justificar el acarreo, el gasto excesivo, la polarización política y la construcción permanente de campañas electorales disfrazadas de actos de Estado. La primera fortalece a la República. La segunda fortalece a un partido.

*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.