Bitácora Reporteril
Por: César Barrera Vázquez
La narrativa de la defensa de la soberanía cada vez resulta más insostenible porque, en el fondo, no se está defendiendo a México, ni a sus instituciones, ni al pueblo: se está defendiendo a una caterva de narcopolíticos encabezados por Rubén Rocha Moya, a quienes la justicia de Estados Unidos ya tiene en la mira.
Lo lógico, lo institucional y hasta lo patriótico hubiera sido que la Fiscalía General de la República investigara y procesara a estos personajes. Eso sí habría sido defender la soberanía: demostrar que México tiene instituciones capaces de combatir la narcopolítica sin necesidad de presión extranjera.
Pero no ocurrió. Y no ocurrió porque tocar a Rocha Moya implicaba inevitablemente golpear políticamente a Andrés Manuel López Obrador y al movimiento que representa Morena. Ahí está el verdadero fondo del asunto.
De hecho, la propia presidenta Claudia Sheinbaum terminó reconociéndolo involuntariamente en la mañanera. En un lapsus linguae afirmó que se estaba “cuidando al movimiento”, para luego corregirse rápidamente y añadir que también se estaba cuidando a México. “Es la prioridad”, remató incómoda.
La frase lo dice todo. Porque si realmente el tema fuera la soberanía, entonces habría que preguntar: ¿dónde quedó esa soberanía cuando un avión militar estadounidense aterrizó recientemente en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México? La misma presidenta explicó que transportaba elementos del Ejército mexicano que serían capacitados en Estados Unidos.
¿Eso no vulnera la soberanía? O cuando López Obrador, siendo jefe de Gobierno de la Ciudad de México, contrató por millones de dólares al ex alcalde de Nueva York, Rudolph Giuliani, para capacitar y asesorar en temas de seguridad pública a su administración. Ahí tampoco se hablaba de injerencia extranjera.
La diferencia es sencilla: cuando la cooperación internacional les conviene, la llaman coordinación; cuando afecta políticamente al régimen, la llaman intervencionismo o ataque a la soberanía.
Por eso cada vez se observa más incómoda a la presidenta defendiendo a Rocha Moya. No se le ve convencida. No se le ve cómoda. Y menos cuando los principales colaboradores del gobernador sinaloense ya negocian con autoridades estadounidenses.
Así, la narrativa comienza a desmoronarse frente a los hechos. Porque no se puede hablar de soberanía mientras se protege a personajes señalados por presuntos vínculos con el narcotráfico y, al mismo tiempo, se acepta cooperación militar, capacitación extranjera y coordinación internacional cuando resulta políticamente útil. Ahí está la contradicción, la incongruencia que revela la mentira del régimen.
Dos puntos.
Morena destruyó instituciones que funcionaban como contrapesos democráticos, como el INAI y el Poder Judicial autónomo. Ahora, con jueces y magistrados afines al régimen, el oficialismo ya busca incluso aplazar las elecciones judiciales que ellos mismos impulsaron. Si tan mala resultó la reforma, harían mejor en reconocer el error y revertirla, antes de seguir profundizando el daño institucional que ya le hicieron al país.
*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.

