Por: Ángel Durán
Cada 20 de mayo el mundo recuerda a uno de los seres más pequeños pero más indispensables para la supervivencia humana: la abeja.

Mientras millones de personas siguen su rutina cotidiana sin detenerse a pensar en ello, estos polinizadores trabajan silenciosamente sosteniendo gran parte de la vida en el planeta.
Sin abejas no habría equilibrio ecológico, seguridad alimentaria ni biodiversidad suficiente para mantener nuestros ecosistemas.
Hoy no solo es una fecha conmemorativa; es un día para reflexionar sobre el grave riesgo que enfrentan y sobre nuestra responsabilidad colectiva para protegerlas.
La humanidad parece olvidar que aproximadamente el 75% de los cultivos alimentarios del mundo dependen en alguna medida de la polinización.
Existen cientos de polinizadores: mariposas, murciélagos, colibríes, escarabajos y otros insectos; sin embargo, la abeja destaca como una de las más eficientes y fundamentales para la producción agrícola y el equilibrio natural.
Su trabajo permite la reproducción de plantas, frutas, verduras y flores que forman parte esencial de nuestra alimentación y del sostenimiento de múltiples especies.
Pero mientras ellas sostienen la vida, nosotros hemos construido amenazas que las están llevando al colapso.
El uso indiscriminado de insecticidas y pesticidas altamente tóxicos ha destruido colonias enteras.
La tala inmoderada de árboles y la expansión urbana eliminan sus hábitats naturales.
El cambio climático altera los ciclos de floración y afecta su capacidad para encontrar alimento.
A ello se suman incendios forestales, contaminación y prácticas agrícolas intensivas que rompen el equilibrio ambiental.
El problema ya no es una advertencia científica distante; es una realidad visible.
En distintas regiones del mundo las poblaciones de abejas han disminuido alarmantemente.
Cuando desaparece una abeja no solo muere un insecto: se debilita toda una cadena ecológica.
Lo más grave es, que muchas veces no entendemos que nuestra propia supervivencia está ligada a ellas.
Resulta paradójico que una sociedad capaz de desarrollar inteligencia artificial, viajes espaciales y tecnología avanzada aún no logre proteger adecuadamente a quienes hacen posible gran parte de nuestros alimentos.
La defensa de las abejas no puede limitarse a discursos ambientalistas de ocasión.
Requiere políticas públicas serias, regulación estricta del uso de agroquímicos, protección de áreas verdes y educación ambiental desde las escuelas.
Sin embargo, también existe una responsabilidad social e individual.
Sembrar flores nativas, evitar pesticidas en jardines, proteger áreas verdes y apoyar a productores sustentables son pequeñas acciones que generan grandes efectos.
La conciencia ecológica empieza en casa pero debe extenderse a gobiernos, escuelas, empresas, agricultores y sociedad civil.
Hoy más que nunca necesitamos comprender que cuidar a las abejas no es una moda ambiental; es una obligación ética con las futuras generaciones.
La naturaleza nos ha dado señales claras de agotamiento y desequilibrio. Ignorarlas sería un acto de irresponsabilidad histórica.
Las abejas representan organización, trabajo colectivo y equilibrio con la naturaleza. Tal vez por eso su ejemplo debería inspirarnos como sociedad.
Ellas trabajan unidas para sostener la vida; nosotros deberíamos hacer lo mismo para proteger el planeta que habitamos.
Este Día Mundial de las Abejas debe convertirse en un llamado urgente a la conciencia.
No basta admirarlas en fotografías o recordarlas una vez al año. Debemos actuar antes de que el silencio sustituya para siempre el zumbido que hoy todavía mantiene viva a la tierra.
*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.

