CORTÉS

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Por José Díaz Madrigal

De aquellos maestros en verdad trabajadores que tuvimos en primaria, recuerdo al profesor Jesús Pérez Chávez. Era la época en que un sólo docente, sin ayuda, tenía la obligación de controlar a más de 50 chiquillos en un salón de clases. El profesor Pérez era un individuo de tez morena, bajo de estatura, grueso de complexión sin ser gordo; de talante serio que a diferencia de los demás profesores, él parecía que nunca sonreía.

Tenía talento para el dibujo. Alguna vez en un bailable de fin de curso, como a unos 12 alumnos nos pintó una cara en la panza, luego a cada uno nos colocó un sombrero grande, con unos orificios a la altura de los ojos y nos cubría toda la cabeza. Con eso simulabamos que éramos enanos y, así se llamó esa pieza teatral: El Baile de los Enanos.

Otra destreza que tenia el profesor, consistía en que cuando explicaba lecciones de historia, lo hacía con tal habilidad pedagógica, logrando mantener la atención de toda la chiquillada; al mero estilo cuentacuentos. Que después de muchos años no he olvidado ciertas de sus sabrosas narrativas.

Acorde a la historiografía oficial del partido dominante, que no admitía otros puntos de vista. Aparte que se tenían menos oportunidades de investigar otras fuentes de información acerca de un mismo tema. El maestro nos platicaba la llegada de los españoles, capitaneados por Hernán Cortés a la capital Azteca, México-Tenochtilán.

Entre otras cosas nos decía: aquel sábado 8 de noviembre de 1519, fue un día funesto para nuestra raza. Poco después de mediodía, una tropa de españoles, unos a caballo y otros a pie; pero todos vestidos de armaduras brillantes y cascos de acero en la cabeza. Hacían resonar el empedrado de la calzada principal, con la herradura de sus corceles. Además venían acompañados de ruidosos tambores y cornetas. Ésto causó tanta impresión entre los pobladores de aquella ciudad, que creyeron que eran dioses.

Precisamente por ésta última idea, había uno de ellos que los indígenas llamaron Tonatiuh -hijo del sol- era éste un güero colorado de abundante y rubia cabellera de nombre Pedro de Alvarado. Cuando Cortés regresó a Veracruz a combatir a Pánfilo de Narvaez, Alvarado que se había quedado de jefe provisional, hizo una matazón de caciques indígenas, que éstos por poco se lo echan al plato, sí no es por el oportuno regreso de Cortés que llegó a alivianar el penco.

A este tipo de relatos el maestro Pérez, les daba tal énfasis en el sentido de resaltar la crueldad europea, que lentamente nos conducía a pensar que los conquistadores, era una gavilla de criminales. A muchos de los oyentes nos quedaba un mal sabor de boca, que terminamos por odiar a Cortés y los españoles.

Era tal la tirria que le tomé a Cortés, que un día le pregunté a mi papá, el porqué tenía de amigo a un señor -por cierto buen amigo- de apellido Cortés. Mi papá soltó la risa y me contestó: como crees mi hijo que el Güero Jiliotupa -era su apodo- va a ser pariente de Hernán Cortés. Con el correr de los años también fue mi amigo.

Ese tipo de educación fue la que aprendimos en las escuelas. Con esa enseñanza parcial, tendenciosa, cultivadora de odios; salíamos de las aulas. Sin embargo por pura afición, se empieza a consultar otras fuentes históricas. Es hasta entonces que te cae el veinte, de que fuiste engañado por el sistema, por el oficialismo imperante. Pero ese engaño, no es de gratis, ha llevado todo un oscuro propósito.

En la práctica todo este malvado plan, comenzó con la llegada a México de un siniestro personaje de origen norteamericano, poco después de consumada la independencia. Se llamaba Joel R. Poinsett y, vino con doble finalidad, dividirnos como pueblo para robarnos territorio, la primera y la segunda finalidad tratar de acabar con la cultura hispano-mexicana, que se había desarrollado a lo largo de tres siglos.

Lo primero que hizo, fue elevar la idea de que el indigenismo era por mucho superior a lo que venía de España y, a la vez empezó a despotricar contra Cortés y los españoles. Así pues, la cizaña que plantó echó raíces. Junto a esa mala yerba, sembró también otra igual de dañina, la masonería del rito Yorkino. Todo con el firme propósito de acabar con el Catolicismo del pueblo mexicano.

El veneno de ambas yerbas prendió. Durante más de 50 años nos dividimos en bandos, peleandonos entre nosotros, con eso logró uno de sus oscuros propósitos -a río revuelto- robarnos más de la mitad de territorio. El segundo objetivo no se ha cumplido ha cabalidad.

Desde aquellos años la masonería poinsettista, no ha dejado de atacar la rica cultura heredada de la época colonial. De hecho se encargaron de destruir grandes joyas arquitectónicas. También empezaron como política nacional despotricar contra Hernán Cortés, tachandolo como un individuo de lo peor que llegó de España. En una breve semblanza que el oaxaqueño José Vasconcelos hace de Cortés dice: éste conquistador ha sido uno de los grandes capitanes que ha dado la historia de la humanidad. Nos dió por patria un continente, desde Alaska hasta la Patagonia.

Otro historiador chihuahuense éste, José Fuentes Mares; hace notar que Cortés nació el mismo año que Lutero. El primero ganó millones de fieles para el Catolicismo, mientras que el segundo lo disminuyó.

La inmensa mayoría de mexicanos somos mestizos, somos una raza nueva. Por amor propio, por dignidad no debemos renegar de nuestro pasado indígena, como tampoco de nuestras fuertes raíces hispanas. De los primeros 100 apellidos más numerosos que tenemos en México, todos absolutamente todos son de origen español; no son Nahuatl, ni Tarasco ni Mayas. El idioma que hablamos es español.

Hace unos días que vino la presidenta de la comunidad de Madrid. La presidenta de México y sus seguidores, se le dejaron ir al cuello por el delito, según ellos, de que la española habló bien de Cortés; el personaje que nos dió el idioma en que nos comunicamos y nos dió también un país.

Dijo Yolanda Díaz Ayuso, venimos a defender la hispanidad de ambos lados del Atlántico, venimos a defender el mestizaje, el valor de la vida, de nuestra civilización, del estado de derecho y la comunión de una lengua en común.

Para rematar puntualizó: es el momento de dejar de estar acomplejados por versiones de otros tiempos, de ver el futuro con otros ojos y dejar de estar divididos por ideas que se sembraron en el pasado. . . Poinsett.