Sociedad de la Información
Por: Luis Alfonso Polanco Terríquez
Desde su llegada a la Diócesis de Colima el 13 de mayo de 2023, la figura de Monseñor Gerardo Díaz Vázquez ha pasado por una metamorfosis ante los ojos de la sociedad. Si bien su primer año pudo parecer discreto para algunos, hoy queda claro que fue un periodo de diagnóstico: un tiempo necesario para recorrer el territorio, identificar los obstáculos y reconocer las fortalezas de la comunidad a su cargo.
Como bien decía San Agustín: “El que no vive para servir, no sirve para vivir”. Bajo esta premisa, el 2024 marcó el inicio de una gestión pastoral de campo. Las visitas de Monseñor a las parroquias —muchas de ellas en zonas intrincadas de Jalisco y Michoacán que pertenecen a esta jurisdicción— han roto con el esquema tradicional. No se trata de la clásica “visita de doctor” o del protocolo anual que los feligreses solían presenciar. Monseñor Gerardo se queda, convive, camina las calles y, lo más importante, escucha de cerca las peticiones de su gente, a menudo de forma personal y sin escoltas eclesiásticas que filtren la realidad.
El ejemplo como mandato. La cercanía ha generado un eco profundo. Se comenta en los pasillos de la comunidad católica que el Obispo no solo predica el Nuevo Testamento, sino que lo practica activamente. Al buscar a la “oveja descarriada”, ha logrado que muchos que se sentían alejados de la Iglesia regresen al redil. Este liderazgo ha permeado en el presbiterio; mientras algunos sacerdotes han abrazado esta nueva humildad por convicción, otros parecen haberlo hecho por instrucción, pero el resultado es el mismo: una Iglesia más presente.
El cambio es tangible. Si el 2023 fue un año de transiciones confusas —donde las festividades decembrinas se vieron opacadas por nuevas directrices que molestaron a los fieles—, el 2024 y 2025 marcaron un giro de 180 grados. La intervención directa de Monseñor permitió que las peregrinaciones y el docenario a la Virgen de Guadalupe recuperaran su esplendor, con una organización impecable donde figuras como el Padre Osiris demostraron un compromiso renovado con la comunidad.
Fe frente a exceso: La recomposición social. Uno de los logros más notables de esta gestión ha sido la purificación de las fiestas patronales. Monseñor ha sido enfático: los comités deben centrarse en lo religioso y desmarcarse de la cultura del exceso de alcohol que solía empañar estas celebraciones. Hoy, es notorio que las familias pueden disfrutar de la música y la pirotecnia en un ambiente de sana convivencia, sin que los valores cristianos se pongan en entredicho.
Este esfuerzo es un pilar fundamental para la recomposición del tejido social en Colima. Como señalaba el Papa Francisco: “La paz no es algo que se compra; es un regalo que debe buscarse pacientemente y construirse artesanalmente mediante pequeños gestos”. Esa construcción se vio reflejada en la pasada Semana Santa de 2025 y este inicio de 2026. La asistencia fue masiva; los centros vacacionales resintieron la ausencia de locales, pues la gente decidió quedarse en sus comunidades para vivir el Vía Crucis, la Marcha del Silencio y la Vigilia Pascual con una devoción que no se veía en años.
Un hito histórico: La unidad en la Pascua. En el plano global, pero con repercusión local, el 2025 marcó un hito en la cristiandad. Con motivo de los 1,700 años del Primer Concilio de Nicea, el deseo del Papa Francisco (+) y el Patriarca Bartolomé de unificar la fecha de la Pascua se convirtió en una realidad tangible. Este 2026, bajo el liderazgo del nuevo jerarca católico, León XIV, y las autoridades ortodoxas, se ha buscado mantener esa inercia de unidad.
Para reflexionar. Aunque persisten diferencias técnicas entre el calendario juliano y el gregoriano, la voluntad de caminar juntos es innegable. Incluso comunidades como los Testigos de Jehová han coincidido en sus conmemoraciones, enviando un mensaje poderoso a la sociedad: independientemente del credo, existe una preocupación compartida por la paz espiritual y el bienestar de las familias.
Para despedirme. Un aplauso sincero a la comunidad religiosa de la Diócesis de Colima. Desde los catequistas y vicarios hasta los laicos que sostienen las parroquias, pero especialmente a Monseñor Gerardo Díaz Vázquez. Su labor no es solo administrativa; es una labor de siembra en un terreno que urgía de esperanza. El paso hacia una mejor sociedad ya lo dieron los pastores; ahora nos corresponde a nosotros, como comunidad, mantener el paso.
Nos vemos en la próxima entrega.

