Cada 8 de marzo, en diferentes ciudades del país, autoridades, organizaciones civiles, universidades y diversos sectores sociales realizan actos para conmemorar el Día Internacional de la Mujer.

Se pronuncian discursos, se realizan marchas, se organizan foros y se publican mensajes institucionales que recuerdan la deuda histórica que las sociedades han tenido con las mujeres.
La fecha busca visibilizar las desigualdades que durante siglos han existido entre hombres y mujeres y reafirmar el compromiso de construir una sociedad donde todas puedan vivir con dignidad y libres de violencia.
En México, como en muchos países, se ha avanzado significativamente en el reconocimiento legal de los derechos de las mujeres.
La Constitución, diversas leyes generales, sentencias de la Suprema Corte de Justicia de la Nación y precedentes internacionales, han construido un sistema jurídico robusto que protege la igualdad, la dignidad y el derecho de las mujeres a vivir una vida libre de violencia.
Sin embargo, entre el discurso jurídico y la realidad cotidiana, todavía existe una brecha preocupante.
Las cifras, los testimonios y los casos que llegan diariamente a las instituciones muestran que muchas mujeres siguen enfrentando violencia en distintos ámbitos de la vida social.
No se trata únicamente de la violencia física, que suele ser la más visible, sino también de otras formas de violencia que a veces pasan desapercibidas: la violencia psicológica, la violencia económica, la violencia laboral, la violencia digital, la violencia institucional e incluso; la llamada violencia vicaria, que utiliza a los hijos como instrumento para dañar a la mujer.
Estas formas de violencia pueden manifestarse en el hogar, en la calle, en el trabajo, en las escuelas, en asociaciones civiles e incluso; en instituciones públicas que deberían estar obligadas a proteger a las víctimas.
Muchas de ellas se han normalizado socialmente, lo que dificulta reconocerlas y combatirlas con eficacia.
Por ello, cada 8 de marzo surge inevitablemente una reflexión: ¿qué tanto de lo que se dice en los discursos realmente se traduce en acciones concretas? Con frecuencia escuchamos a servidores públicos, dirigentes políticos o representantes institucionales pronunciar palabras firmes sobre la defensa de los derechos de las mujeres.
Sin embargo, cuando se conversa con algunos de ellos fuera del escenario público, se advierte que muchas veces no comparten realmente la convicción que expresan ante los micrófonos.
Esa distancia entre lo que se dice y lo que realmente se cree o se hace, es lo que en derechos humanos se conoce como banalización del discurso.
Se repiten frases políticamente correctas, pero no se interioriza el compromiso que esas palabras implican.
El problema no es menor: cuando la defensa de los derechos de las mujeres se convierte únicamente en un discurso ceremonial, se corre el riesgo de vaciar de contenido una lucha profundamente legítima.
Por esa razón, conmemorar el 8 de marzo debe significar algo más profundo que repetir consignas cada año.
Debe convertirse en un verdadero acuerdo social.
Un compromiso colectivo en el que participen: el gobierno, las instituciones públicas, la empresa privada, las escuelas, las universidades, las familias y la sociedad en su conjunto.
Este compromiso debe traducirse en políticas públicas reales, sostenidas y transversales.
Desde el hogar, las escuelas, la administración pública, hasta los espacios laborales; es necesario impulsar procesos permanentes de sensibilización social, sobre los derechos de las mujeres y sobre las distintas formas de violencia que deben erradicarse.
Sólo cuando exista un conocimiento profundo de estos derechos y una verdadera conciencia colectiva sobre su importancia, podremos avanzar hacia lo que el derecho denomina “igualdad sustantiva”: una igualdad que no solo exista en las leyes, sino también en la vida cotidiana; es decir; que sea real.
El objetivo final debe ser construir una sociedad en la que la dignidad de las mujeres sea plenamente respetada y en la que la violencia de género, deje de ser una realidad cotidiana.
Solo entonces las cuotas de género o las acciones afirmativas dejarán de ser necesarias, porque la igualdad será una práctica social asumida por todos.
De lo contrario, seguiremos escuchando cada año los mismos discursos mientras la realidad permanece prácticamente igual. Y el 8 de marzo volverá a repetirse como un ritual que recuerda problemas que aún no hemos sido capaces de resolver.
Por eso, la verdadera conmemoración del 8 de marzo debe traducirse en algo más que palabras: debe convertirse en un compromiso social permanente para erradicar la violencia de género y garantizar que ninguna mujer tenga que vivir con miedo y eso sólo se consolidará, cuando entendamos en colectivo la importancia de lo que realmente signifique “conmemorar el 8 de marzo”.
*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.

