Por: Ángel Durán
México vive una democracia en la que los partidos políticos han dejado de representar con claridad la voz de la ciudadanía.
Sus estructuras, en su mayoría burocratizadas, cerradas, clientelares y dominadas por élites, han secuestrado la participación ciudadana.

Esto nos ha llevado a una crisis de legitimidad de los actores tradicionales, cuyos intereses ya no están alineados con los de la sociedad.
Ante este escenario, urge reconstruir los caminos de representación pública. ¿La solución? Las candidaturas independientes.
Pero atención: no cualquier “independiente”. Uno auténtico, legítimo, que salga de la sociedad misma realmente.
El poder no puede seguir en manos de quienes se lo reparten entre cúpulas.
La figura del candidato independiente debe resurgir, pero no como un oportunismo de exmilitantes de partidos ni como refugio de los que se quedaron sin apoyo.
El verdadero candidato independiente debe ser alguien surgido de las entrañas del tejido social, un líder natural con arraigo, que haya caminado junto a su comunidad, que haya sido identificado por su trabajo previo, y que represente un pensamiento plural, liberal y democrático.
No se trata de cambiar de uniforme político, sino de representar una nueva forma de hacer política: desde abajo y con la gente.
Nuestro sistema electoral actual ha sido cooptado por los partidos políticos.
Son ellos, y no el pueblo, quienes deciden quién puede ser votado.
Las candidaturas plurinominales, las listas cerradas y las imposiciones desde las dirigencias convierten a la ciudadanía en una espectadora de la democracia, no en su protagonista.
Este modelo contradice el espíritu de nuestra Carta Magna. El artículo 39 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos es claro: “La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo.
Todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste.” Y el artículo 40 establece que el pueblo tiene el derecho de decidir su forma de gobierno, mientras que el 41 determina que los partidos son instrumentos para la participación… no los únicos, ni tampoco los más legítimos.
¿Qué ocurre, entonces, cuando los partidos fallan en su función representativa? La respuesta lógica es que la ciudadanía debe asumir el poder que le otorga la Constitución y postular a quienes verdaderamente la representen.
Ese es el origen y la esencia de las candidaturas independientes.
La figura del independiente no debe convertirse en una salida decorativa.
Su diseño constitucional exige un compromiso social profundo.
No es, ni debe ser, una candidatura improvisada ni una marca personal. Es una construcción colectiva.
En este sentido, la responsabilidad recae en la sociedad. Es ella quien debe organizarse, identificar liderazgos, respaldar trayectorias y, llegado el momento, proponerlo.
El liderazgo del siglo XXI debe ser más que un discurso.
Un verdadero independiente debe haber vivido en carne propia las problemáticas de la comunidad, haber trabajado por ella, entender la administración pública desde la experiencia cívica, no desde el oportunismo político.
Gobernar no se aprende de la noche a la mañana: se vive, se sufre, se construye. Y el respeto a los derechos humanos, la defensa de las instituciones, el valor de la palabra y la búsqueda del bien común deben ser sus pilares fundamentales.
El proceso electoral de 2027 se acerca. Pero en el 2026, ya deberemos estar listos para proponer, respaldar y defender candidaturas verdaderamente independientes.
No basta con esperar a que alguien aparezca. Es la sociedad quien debe construir esa alternativa: con pensamiento crítico, con exigencia ética, con visión estratégica.
La gran revolución de nuestra democracia no vendrá de los partidos ni de los gobiernos: vendrá del pueblo organizado.
A menos que haya un acto de conciencia política en quienes dirigen el sistema de partidos y entienda su verdadera esencia que siempre le ha otorgado la Constitución; de ser los intermediarios entre el poder y la sociedad y siempre trabajar para ésta.
Las candidaturas independientes deben surgir como una afirmación de ese poder popular consagrado en la Constitución.
Para lograrlo, necesitamos ciudadanos comprometidos con su presente y su futuro.
Personas capaces de identificar al líder, a la lideresa, que represente sus valores, sus necesidades y sus aspiraciones.
El poder, cuando es auténticamente ciudadano, no se mendiga: se construye. Y la mejor manera de honrar nuestra democracia es ejerciendo ese poder con madurez, con responsabilidad y con convicción.
A las y los mexicanos que anhelan un mejor país, les corresponde ahora construir el liderazgo que lo represente. Que no nos digan que no hay alternativa. La hay: está en nosotros.
¿Quién será ese líder o lideresa? Que lo diga el pueblo. Porque sólo el pueblo puede decidir a quién encargarle su destino. Y sólo así, la independencia política será un acto de verdadera soberanía.
*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.

