22 DE OCTUBRE

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Por: José Díaz Madrigal

El próximo 22 de octubre celebramos el día de San Juan Pablo II. Éste festejo es distinto a otras festividades de la Iglesia Católica, puesto que habitualmente las conmemoraciones de los Santos, se fijan de dos maneras diferentes; o bien por el día de su nacimiento o por el día en que fallecieron. Sin embargo San Juan Pablo II nació un 18 de mayo y murió un 2 de abril.

Lo que pasa es que se estableció el 22 de octubre porque en esa fecha pero del año 1978, arrancó su largo y fructífero pontificado; con un mensaje valiente que se escuchó en todos los rincones de la tierra: ¡No tengan miedo! ¡Abran de par en par las puertas a Cristo!

Desde esa ocasión en la primera aparición en público como Papa, con los pies bien puestos en el terreno firme de la Tradición de la Iglesia y El Evangelio, fue capaz de proyectarse al futuro; convocando a todo mundo que quisiera unirse para ser parte de una nueva Evangelización.

Con ese formidable mensaje aquel día 22 de octubre del 78, claro que iba a quedar marcado como un parteaguas de la historia; ésto debido a los tiempos que se vivían. Por una parte la separación de media humanidad en el bloque de los países comunistas, oficialmente ateos de donde venía precisamente él mismo y, la otra mitad debilitada por la creciente incredulidad de la gente y el poco interés por los necesitados.

Juan Pablo II fue uno de esos seres que tuvieron una infancia cargada con duros golpes de la adversidad. Karol Jósef Wojtyla, el nombre antes del papado; nació en Polonia en 1920. De padres Católicos fervorosos, que cuidaron de instruirlo en la amorosa calidez de la Fe. Su mamá maestra de primaria y el papá teniente del ejército.

Cierto día cuando el pequeño Karol de 8 años regresaba de clases, le salió al encuentro una vecina y le dijo a quemarropa, sin ningún miramiento o consideración por su corta edad: tu madre acaba de morir. La mamá apenas tenía 45 años.

Con su madre, el niño perdió también el carácter alegre y bonachón. Su maestra de escuela notó el cambio. El chico buscó refugio en los libros y en la oración. De aquí en adelante la unica fuente de alegría fue su hermano, mayor que él; Edmund que así se llamaba, de igual forma guardada un cariño desmedido por su hermano menor. Con su pura presencia Edmund rescataba a Karol de su tristeza, haciendo que renaciera en él la confianza y el optimismo.

En 1930 Karol fue con su padre a Cracovia para asistir a la graduación de Edmund que se recibía de médico. Luego empezó a trabajar en un hospital. Poco tiempo después se desató una epidemia de escarlatina, una enfermedad bacteriana que se propagó con rapidez cuando todavía no existían los antibióticos. Mundo cuidando enfermos se contagió y se lo llevó a la tumba.

Esa noche una vecina compasiva -no como la otra- encontró a Karol sólo y agüitado en extremo. Me acerqué a él y lo abracé, contó la vecina más tarde. Luego le dije en voz muy quedita, pobre de ti Karol perdiste a tu hermano -fue la voluntad de Dios- respondió brevemente con cara seria. Después se encerró en los muros del silencio.

Cuando los Nazis invadieron Polonia, el joven Karol empezó a trabajar en una mina. Durante el invierno tenía que soportar bajísimas temperatura. Uno de esos días al regresar a casa -su vivienda era un sótano- junto a una compañera de trabajo, bajó la escalera y entró. Después de unos minutos de haber ingresado al subterráneo apartamento, de repente salió sollozando. Su padre había muerto.

Estrechando con fuerza a la muchacha que lo acompañó, con la cara bañada en lágrimas; se lamentaba diciendo: No estuve cuando murió mi madre, no estuve cuando murió mi hermano y ahora no estuve cuando murió mi padre. A los 20 años ya no tenía a ningún ser querido, se habían marchado; estaba solito en el mundo. En los meses siguientes el sufrimiento lo hizo aferrarse con más intensidad a su Fe. En 1942 en plena guerra, ingresó al seminario que laboraba en la clandestinidad.

Con mucha probabilidad, urgando en recuerdos de su pasado, de aquella infancia y trágica juventud, cuando había sido el hijo mimado del infortunio; que a pesar de esos reveses que sufrió en el caminar de su etapa temprana de la vida, jamás debilitó su Fe, ni se soltó de la mano de Dios. Una vez ya instalado en la sede de San Pedro, puso especial atención en los jóvenes, impulsando las jornadas mundiales de la juventud. En las cuales logró reunir a millones de muchachos de todas partes del mundo, siempre animándolos les repetía en cada jornada: ¡No tengan miedo! ¡Abran de par en par las puertas a Cristo!

*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.