VISITA MEMORABLE

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Por José Díaz Madrigal

El Departamento de Estado de los Estados Unidos, se le considera la secretaría más importante en el gobierno de ese país. A su titular se le llama Secretario de Estado. Actualmente quien ocupa ese poderoso puesto, es un hispano de nombre Marco Rubio; ideologicamente muy cercano al presidente Trump y, ambos acérrimos enemigos de la izquierda populista que oprime y esclaviza a los pueblos, tal como sucede en Cuba o Venezuela.

William H. Seward, fue Secretario de Estado en dos administraciones estadounidenses, la primera con Abraham Lincoln -que fue asesinado por un intolerante radical mientras era presidente- y la segunda con Andrew Johnson, sucesor de Lincoln. Es decir, estuvo 8 años consecutivos en ese ministerio.

Seward fue un habilidoso político que junto con Lincoln, se encargaron de terminar con la esclavitud que había en algunos estados de la Unión Americana; además impulsó la construcción de ferrocarriles con su amigo y paisano Cornelio Vanderbild. De ese modo se pudo conectar Nueva York en la costa este, con San Francisco en la costa oeste. Siendo inaugurada esa línea en el año de 1869

Entre otras cosas importantes, Seward se encargó de la compra del territorio de Alaska a los rusos, a precio de bagatela. Que es en la actualidad el estado más grande de esa próspera nación. Igualmente con cierto parecido a Trump y Rubio, fue un acérrimo enemigo de los masones. Incluso durante un tiempo perteneció a una agrupación, que se llamaba Partido Antimasonico, ya que éstos querían imponer a rajatabla sólo sus ideas.

Recién desempacado del puesto que tuvo a su cargo en ese año de 1869, se dedicó a viajar por distintas partes; empezando con un tour desde la ciudad de Nueva York, su tierra natal, recorriendo durante una semana completa los casi 5 mil kilómetros que hay entre esa urbe y San Francisco California. Desde éste último lugar se embarcó para Alaska, con el fin de conocer la ganga inmobiliaria que compró para los Estados Unidos en 7 millones de dólares.

De regreso en San Francisco descansó unos días, para luego embarcarse de nueva cuenta en un buque de vapor, en viaje directo sin escalas, también de una semana de duración hasta Manzanillo, aquí en Colima.

El cronista del grupo de Seward fue el periodista Albert S. Evans, a quien le debemos ésta historia, menciona: llegamos a Manzanillo bajo un fuerte aguacero, una oscura mañana del 7 de octubre de 1869. A esa hora fuimos recibidos por el gobernador del estado y su comitiva. La idea del principio, era partir el mismo día a la ciudad de Colima; pero en dos días no amainó la lluvia torrencial. Hasta el tercer día en el alba se asomó el sol.

En 5 grandes lanchas, conducidas por diestros lancheros, nos condujeron a lo largo de La Laguna de Cuyutlán. Desembarcamos y un poco más tarde, para cruzar el río Armería, otro grupo de remeros en lanchas más pequeñas, nos cruzaron entre el sube y baja del furioso torrente.

Evans informa del magnífico recibimiento del dueño de la Hacienda de Caleras, Juan Fermín Huarte, a donde arribaron bien entrada la noche. La hospitalidad brindada por el señor Huarte, fue en escala de excelencia, a tal punto que quedamos avergonzados comparado con la hospitalidad que nosotros ofrecemos a nuestros visitantes en los Estados Unidos.

Al día siguiente la escena que se presentó ante nuestros ojos, fue fascinantemente hermosa. Era domingo y nos tocó la misa en latín. El señor Huarte estuvo respetuosamente atento a la celebración, a diferencia del gobernador y su comitiva que observaban con indiferencia.

A eso de medio día, nos enfilamos por el camino de Colima acompañados por el señor Huarte, ya que íbamos a quedarnos en su casa de ésta ciudad -El Portal Medellín- al pasar por Tecolapa, llamó la atención una larga hilera de mujeres que iban y venían al pozo con tinajas de agua en el hombro; exactamente como se ha hecho en el Medio Oriente, desde tiempos de Jacob y de Raquel.

Era de madrugada del lunes 11 de octubre de 1869 -ayer se cumplieron 156 años de ésta memorable visita- cuando ingresamos a Colima, por sus calles perfectamente bien empedradas; llegando nuestro carruaje hasta la puerta de la mansión verdaderamente palaciega del señor Huarte.

Ya instalados en confortables camas adornadas con docel, se escuchó el grito del sereno: “las tres de la mañana y todo tranquilo”

José Díaz Madrigal