Por: Ángel Durán
En cada hogar de México, hay al menos un joven que sueña con superarse.
Algunos ya estudian con entusiasmo, otros trabajan con esfuerzo, y muchos más buscan oportunidades para comenzar su camino.
- La juventud mexicana —conformada por más del 23% de nuestra población entre los 15 y los 29 años, según datos recientes del INEGI— representa una gran esperanza para el presente y el futuro del país.
Pero también es cierto que enfrenta importantes retos.

Es momento de tender puentes y construir condiciones que les permitan desarrollarse con dignidad, seguridad y oportunidades reales.
Este no es un esfuerzo de un solo sector: es un compromiso nacional que debemos asumir juntos.
Hoy, muchas y muchos jóvenes viven con incertidumbre: terminan sus estudios, pero no encuentran un empleo digno, el 40% de ellos no tienen empleo. O bien, quieren estudiar, pero no cuentan con los medios suficientes para hacerlo.
Algunos buscan emprender, pero no hallan los apoyos o el acompañamiento necesario.
Ante esto, más que señalar culpables, es necesario asumir una postura de cooperación: familia, gobierno, instituciones educativas y sector privado debemos unir esfuerzos y diseñar un entorno donde la juventud florezca.
El gobierno tiene un papel fundamental: no solo en ofrecer educación de calidad, sino en asegurar que, al egresar, las y los jóvenes tengan acceso a empleos justos, bien remunerados y con posibilidades de crecimiento.
También es esencial fomentar políticas que impulsen el emprendimiento, la ciencia, la innovación y el arte.
La juventud mexicana es creativa, comprometida y solidaria.
Si canalizamos sus talentos con una buena base de políticas públicas, México puede dar un salto hacia un desarrollo más justo y equilibrado para las juventudes.
La familia también es clave. Desde casa se construyen valores, se cultiva la esperanza, se fortalece el carácter.
Un joven que cuenta con el respaldo emocional de su entorno familiar tiene más confianza para enfrentar los desafíos.
Por ello, necesitamos promover una cultura de apoyo intergeneracional, en donde padres, madres y tutores acompañen a sus hijas e hijos no solo en el estudio, sino también en sus decisiones profesionales y de vida.
Además, es momento de que las universidades y centros educativos preparen a sus estudiantes para una realidad cada vez más globalizada.
Vivimos en un mundo interconectado. Por eso, es fundamental que un joven que estudia en cualquier universidad de México, esté en condiciones de competir y colaborar con personas de Japón, Alemania o Canadá.
Esto no significa perder nuestra identidad; al contrario, significa llevarla con orgullo al mundo.
La formación integral debe incluir lenguas extranjeras, habilidades digitales, pensamiento crítico, uso y aplicación de inteligencia artificial y formación en ciudadanía global.
Sabemos que hay caminos por mejorar. Muchos jóvenes se enfrentan a la inseguridad, desigualdad y falta de acceso a servicios básicos; estos son sus principales obstáculos.
Imaginemos juntos un país donde cada joven que termina la preparatoria pueda seguir estudiando, si así lo desea, o encontrar un trabajo digno si decide incorporarse al mundo laboral.
Un país donde las juventudes puedan emprender con respaldo, estudiar en el extranjero con becas accesibles, investigar, inventar, soñar y realizarse aquí, en su tierra.
Eso se puede lograr si sumamos políticas públicas bien dirigidas, familias comprometidas y una sociedad dispuesta a caminar al lado de sus jóvenes.
La juventud no es un problema por atender; es una oportunidad para potenciar. Es el momento de generar un gran pacto social por las juventudes, donde cada sector asuma su responsabilidad: el gobierno, creando condiciones adecuadas; la sociedad, fomentando entornos seguros y equitativos; y las familias, acompañando con amor y cercanía.
A las juventudes hay que darles las herramientas, abrirles las puertas y confiar en su capacidad de transformar este país.
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