Bitácora Reporteril
Por: César Barrera Vázquez
“El cumplido en boca propia suena a insulto”, dice un sabio refrán popular. Esto le ocurre al gobierno federal: en su primer informe presidencial, Claudia Sheinbaum nos pintó un país maravilloso, donde la violencia y la inseguridad han disminuido hasta casi desaparecer, donde el desabasto de medicamentos es cosa del pasado y donde el desarrollo económico y el bienestar social van en franco ascenso.
Todo eso dice la presidenta desde el púlpito del discurso oficial. Lamentablemente, la realidad se impone. Y también, para mal de la presidenta, la retórica de los “otros datos” terminó por minar lo poco que quedaba de confianza ciudadana hacia la figura presidencial.
Si existiera una institución autónoma que, con metodologías rigurosas y una visión técnica, académica y profesional, generara información confiable sin sesgos partidistas ni ideológicos, entonces quizá podríamos constatar avances reales en las políticas públicas. Pero no: el propio gobierno se encargó de desaparecer estos organismos constitucionales que legitimaban, con datos verificables, sus acciones. Ahora, el gobierno es juez y parte, elabora sus propias estadísticas y… disculpen, pero yo no les creo. Que les crean sus simpatizantes, los militantes del partido en el poder, los que viven de la nómina. Son sus incondicionales.
Y aunque les duela, la realidad termina por imponerse. Si traen un cochinero, tarde o temprano, la podredumbre saldrá a flote como erupción volcánica. Ahí están los primeros síntomas de este “parto de los montes”: el escándalo del huachicol en la Secretaría de Marina. Así, los mitos se desvanecen frente a la evidencia, como aquel que aseguraba que con la autodenominada Cuarta Transformación se había acabado la corrupción. La verdad, les guste o no, se impone con la realidad.
Dos puntos
Si los gobiernos cumplieran con su obligación de garantizar el derecho al saber, no necesitarían campañas de propaganda ni simulaciones informativas. Bastaría con tener portales actualizados, datos abiertos, información pública clara. La transparencia proactiva evitaría la incredulidad ciudadana. Pero no: le temen a la luz, porque saben que lo que hay debajo no resiste el escrutinio. Y por eso insisten en los aplausos y en las loas, aunque el público ya no aplaude. Porque la opacidad, tarde o temprano, evidencia el fracaso.
*Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.

