Lo cierto es que no siempre uno esta donde quisiera estar, donde nuestras capacidades personales fuesen aprovechadas al ciento por uno y más.
En muchas ocasiones es imprescindible como subordinado disciplinarse y tolerar a un jefe flojo e incompetente, falto de iniciativa e incapaz de delegar facultades por considerar que le resta calidad y carácter a su nombramiento e investidura de “Jefe”. En otras ocasiones es mejor callar, lo más importante es que el trabajo o la plaza debemos cuidar.
¿Y cómo contrariar una orden superior con argumentos coherentes y bien razonados, con una adecuada interpretación del problema planteado, sin ofender la autoestima de quien valida nuestra permanencia en el mundo laboral? ¿Cómo decirle al Jefe que su análisis y determinación no es la correcta, que de plano a tú juicio su decisión esta desfasada y por demás equivocada? ¿Cómo no quedar mal y no perder el trabajo?
Desgraciadamente no hemos llegado al punto en que en verdad los cargos y la actividad en los empleos, públicos o privados sean correctamente evaluados por sus resultados.
Hoy por hoy debemos decir si a todas las acciones y encomiendas, a todo cuanto nos permita pensar en jubilarnos con lozana alegría porque debemos seguir ganando nuestro salario. Debemos decir si aún a sabiendas de que la orden es incorrecta y lejos de hacer un bien se estará realizando no obstante del perjuicio de algún conciudadano.
