SARTORI, ¿HUMANISTA?
Por: Carlos Orozco Galeana
El politólogo reconocido mundialmente que es Giovani Sartori, recibió del presidente Enrique Peña una merecida condecoración por “servicios prominentes” prestados a la humanidad. Pero antes, dijo en Italia que a los sujetos del narcotráfico en México debía aplicárseles el código militar a través del fusilamiento inmediato porque sus actividades entorpecen el funcionamiento del sistema democrático. Agregó que como alrededor de esa actividad hay mucha corrupción, y como hay una guerra, se requiere “voluntad y valor político” para hacerlo.
Desde luego que no es la primera vez que un personaje encumbrado como Sartori opina que el Estado mexicano debe actuar con tal rigor en relación a aquella actividad ilícita porque en esencia hay una población enorme que se dedica a la producción, comercio y tránsito de estupefacientes por las ganancias que produce y porque hay fallas notables en el combate contra la criminalidad y en el funcionamiento del aparato de justicia. Cada vez más aumenta el reclutamiento de jóvenes, mujeres jóvenes y hasta niños porque pueden pasar inadvertidos en los lugares donde se mueven guiados por los delincuentes, lo que constituye una gran amenaza a la estabilidad social y familiar.
La criminalidad que tiene por origen el tráfico de drogas está extendida por todo el territorio aunque en mayor énfasis en los que son productores de estupefacientes o en los fronterizos o puertos, donde las bandas se disputan a balas y bazucasos los mercados y corrompen a autoridades. El caso Iguala es emblemático de hasta dónde se puede llegar en términos de asociacionismo para delinquir sin que nada perturbe la dinámica del delito.
En México, con más pena que gloria, con propósitos efectistas y electoreros, el Partido Verde ha tomado por bandera la aplicación de la pena de muerte para narcotraficantes y homicidas peligrosos, sin que la sociedad en su conjunto haya tomado partido aún. Y es que persiste una visión humanista de Estado, se proclama que cualquier sujeto peligroso puede reinsertarse en la sociedad, lo que se desmiente con rapidez porque el origen de muchos delitos está en las cárceles. Un gran número de secuestros, asesinatos y extorsiones son ordenados por delincuentes que supuestamente se están “reconstruyendo” socialmente en esos lugares.
Por otra parte, me viene a la mente ahora cómo en algunas naciones, sus dirigentes han instituido la pena de muerte para narcotraficantes. En Malasia, caso famoso, hay una tercia de mexicanos condenados a muerte por haber sido atrapados como laboratoristas en un lugar donde se producían metanfetaminas. Esos hombres fueron reclutados en México, a los que se consiguió toda la documentación que requerían para trasladarse de un lugar a otro entre América, Asia y Europa con suma facilidad. No le costó trabajo a la policía de aquel país para atar cabos y ubicar al trío como parte de una banda internacional.
En países como Irán, China, Corea, existe también legislación que no comulga con las bandas delictivas, a las que aplica penas muy fuertes, entre ellas la pena de muerte. No dudo que Sartori, humanista que es, desconozca esta situación y esté influido por cómo los estados que no transigen con la delincuencia organizada ajustan cuentas en forma drástica: con la eliminación del sujeto que delinque. Al observar la realidad mexicana, en la que persiste la impunidad y la corrupción es que no ha dudado en recomendar la eliminación de los agentes del mal, en lo que plantea un fracaso del estado de bienestar.
Hago un paréntesis ahora y pregunto si la eliminación de delincuentes mediante la ejecución masiva no está vigente desde hace buen rato en el país. El caso Tlataya mostró que hubo una lucha en la que al parecer los maleantes estaban ya rendidos pero habían herido a algunos militares y cómo fueron por ello fueron eliminados. Recientemente en una población de Michoacán acorralaron a más de 40 sujetos, mismos que fueron ultimados con relativa facilidad con el uso de fusiles de largo alcance y un helicóptero. Hubo en los dos casos, prácticamente, una acción deliberada, rápida y efectiva que Sartori pudo haberle puesto palomita de aprobación.
Este tema tendrá que debatirse con fuerza algún día, cuando la delincuencia siga avanzando y retando al Estado y este no tenga otro camino que usar toda su fuerza. Un Estado humanista debe preguntarse si sigue por el mismo camino o si, al conocer la beligerancia del crimen organizado, decide ponerle un hasta aquí como plantea Sartori.

