Mercados y tianguis: educación para la vida

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Por: Jonás Larios Deniz.

Las quejas que los adultos tenemos sobre la pérdida de buenos hábitos cotidianos en las niñas, niños y adolescentes como el de saludar, decir gracias, con permiso y otras expresiones que asociamos con la buena conducta, son muestra del paulatino cambio de nuestros entornos inmediatos. Ahora son visiblemente menos frecuentes actividades cotidianas como ir a misa los domingos, comer en familia, hacer fila en la tortillería, realizar visitas de cortesía a familiares y/o amigos o comprar en los mercados y tianguis. La nostalgia es común porque los que nacimos en los años setenta (o antes) consideramos que nos educamos como ciudadanos, en gran parte, gracias a que aprendimos con las costumbres del vecindario. Es posible que esta premisa no sea verdadera en su totalidad, sin embargo, es palpable la pérdida de espacios para educar conductas de respeto, civilidad y solidaridad en las nuevas generaciones. El uso del teléfono celular y otros dispositivos electrónicos se constituyen como barreras a la comunicación que, en lugar de disminuirlas, acrecentan las distancias entre las personas en todo momento. El hábito de rezar al despertar o al irse a la cama por las noches empieza a sustituirse por la revisión del facebook, twitter u otras redes sociales. Es alarmante que la iglesia, la familia y el vecindario pierdan su poder educativo, pero es más alarmante que se pretenda asignar esas funciones a la escuela. Si la niña, niño o adolescente no saluda, no agradece o no solicita permiso para entrar a un lugar, se acusa a la escuela de deficiencias en sus finalidades, métodos y protagonistas. Desafortunadamente no hay centros, ni planes educativos que logren lo que la iglesia, la familia y el barrio dejaron de hacer.

Frente a esto, recomiendo revivir una costumbre inmejorable para reactivar la práctica de la educación en la vida cotidiana: propongo tomar de la mano a las nuevas generaciones para llevarlas al mercado y al tianguis: saludar a los locatarios, preguntar cuánto cuesta una mercancía, disfrutar de los olores, sabores y colores y caminar con las bolsas de las compras en las manos. Veo a los mercados y tianguis como espacio didáctico para sentir la camaradería, las conversaciones, los apuros y las listas de compras de los que acuden. Almorzar o comer en el mercado es la oportunidad de compartir la mesa y la banca con “desconocidos” conocidos, platicar con la señora del menudo, pedir “una ranita” a la torteadora o comer al final una tortilla con sal y limón. O bien, llevar jitomates, cebollas, chiles verdes, chiles secos, pasillas, cilantro, papas, aguacates, etc. para preparar comidas pensando en la familia. Debemos quitarle tiempo a lo urgente, desviarnos de las citas de oficina y de la vida en los centros comerciales para invertirlo en la recuperación de una dimensión perdida; debemos educar a los jóvenes en el respeto a la cultura del comercio local, disfrutando el caminar entre canastos, verduras, frutas, quesos y cazuelas con olores de comidas que hacían nuestras mamás o abuelas. El Ayuntamiento de Colima 2012-2015 destaca una “Guía de mercados y tianguis” (http://www.colima.gob.mx/ci/detalle/contenido/MTgzMg==) que pueden ser visitados. Son cuatro mercados, a saber: Álvaro Obregón, Constitución, Francisco Villa y Manuel Álvarez, mismos que han sido rescatados, pero que siguen esperando el regreso de los consumidores. También se presentan los nombres de los ocho tianguis, con sus ubicaciones, días, horarios y actividades principales; estos son: Francisco Villa, Parque Hidalgo, Placetas Estadio, Prados del Sur, Lo de Villa, Infonavit, Camino Real, Huertas del Cura y La Armonía. Se cree, equivocadamente, que los tianguis son para gente pobre o sin cultura, pero no, estos lugares son para gente buena. Los tianguis generan el ambiente de vecindario que educa para la vida.

El arraigo que un ambiente de mercado logra en las niñas, niñas y adolescentes puede ser el estímulo para que aprendan o re-aprendan a decir: ¡Buenos días! ¿Cómo ha estado? ¿Cuánto cuesta? ¿Cuánto es? ¡Con permiso! ¡Gracias! ¡Adiós! Los adultos somos los educadores de los jóvenes, así que experimentemos, vivamos los mercados y los tianguis al almorzar, comer, comprar y pasear por ellos.

Lo mejor de todo es que se descarga a la escuela de funciones extraordinarias y poco factibles de alcanzar con la amplia carga de programas y responsabilidades de por sí acumuladas. La educación para la vida cotidiana se logra en la vida cotidiana, los martes de Rancho de Villa, el domingo de la Villa o del Parque Hidalgo. Una torta y un jugo en el mercado Obregón o un menudo con tortillas hechas a mano en el mercado Constitución pueden ser el inicio de la re-educación de nuestras niñas, niñas y adolescentes.

* Profesor-investigador de la Universidad de Colima