TAREA PÚBLICA

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COMUNIDAD SIN VIOLENCIA

Por: Carlos Orozco Galeana

Hoy se debate fuertemente y se expresan preocupaciones de todos los sectores sobre la creciente violencia que se vive en las escuelas, denominada bullying, que victimiza en general a los más débiles. Hay quienes suspiran por leyes severas a fin de penalizar a los que incurren en prácticas violentas contra otros. Quizás este sea el camino “por mientras”, se dice, porque la solución ha de venir desde una conversión en los hogares.

La violencia de unos contra otros en todo lugar y principalmente en las escuelas proviene de un modelo de vivir violento en los hogares y por la promoción de esa forma de ser que se ofrece en la televisión, en el cine, y por el uso anormal de tecnologías. Los niños reproducen lo que ven en sus padres, aunque también el entorno les enseña lo buena que es la vida, pero también lo que no les procurará un bien. Estudios efectuados por profesionales de la psicología y la mercadotecnia, demuestran que el fenómeno va en ascenso y que pocos nos hemos de escapar de sufrir violencia.

El acoso escolar es, según expertos de la UNAM, una conducta aprendida y es causada por prejuicios, hostigamiento, subyugación, cosificación, estigma, acoso y benevolencia. Al agresor, generalmente hombre, se le incita a “ser hombrecito” y a la víctima se la hace pasiva, indolente y dependiente. Hoy, como consecuencia de esta anormalidad cultural, México ocupa el primer lugar de incidencia entre países miembros y la sufren unas 19 millones de personas.

El país sufre por este mal, pero también es una pena que Colima esté en los primerísimos lugares en la estadística que mide la violencia en el ámbito escolar. Se extiende en los hogares, contra las mujeres o los hijos; en el trabajo, de quienes mandan sobre los que obedecen; en los centros de estudio, de los que dirigen instituciones hacia los que proporcionan un servicio; en la política, de quienes tienen el poder burocrático contra los que desempeñan un empleo, y una larga lista de etcéteras.

Nos situamos por debajo de los animales con tanta violencia, guiándonos por instintos. A veces pienso que somos peores que aquellos, sobre todo cuando hay personas que matan incluso porque sienten “que alguien los miró muy feo”, porque “tenían tiempo sin sacrificar a nadie” o para ver “qué se siente”.

Hay, pues, un problema social grave en cuanto a violencia. Hay que trabajar duro en los hogares para no ser mal ejemplo ante los hijos. Si estos viven en un ambiente de violencia, la reproducirán seguramente cuando sean adultos y padres de familia al interior del hogar, o lo que es también preocupante, por donde quiera que anden.

Si queremos ser bien tratados por los demás, comencemos por dar testimonios convenientes de civilidad respetando a toda persona en su dignidad comenzando con los más cercanos. La vida diaria impone situaciones que desesperan a muchos por exigencias de mediana o ínfima importancia que los vuelve infelices.

El bullying hay que combatirlo con amor del bueno, como aquél que trata a otros como quieren que lo traten a uno mismo. Todos los seres humanos han de ser respetados, esto lo enseñan incluso todas las religiones y las constituciones de los países. Procedemos del mismo tronco, todos tenemos derecho a la felicidad, a la convivencia civilizada y constructiva.

La sociedad debe evolucionar hacia el comportamiento generoso, humano, hacia el cuidado de la existencia entre todos. Lograr la comprensión de que siendo iguales, humanos, todos contamos. Al final, el bullying es un atentado contra toda persona, es violencia contra el que la profiere, normalmente gente insatisfecha que vive en una atmósfera de rencor, egoísmo e infelicidad.

Hágasele ver al violento que su conducta está fuera de lugar, que daña a la sociedad y tiene repercusiones irreparables.  Dígasele  que nadie tiene derecho a hacerle la vida desgraciada a nadie. Los jefes de la familia han de percatarse de que los hijos pueden ser orientados sin violentarlos, con razones, con testimonios que los hagan conocer los valores para que los asuman y multipliquen en sus ambientes. En las escuelas, los maestros han de continuar con su labor incesante de mostrar a los niños y jóvenes que podemos y debemos vivir en un mundo sin violencia, pero es importante que los padres de familia les enseñemos primeramente a vivir en comunidad: con armonía, respeto y confianza para que den buenos frutos. Así es de fácil, que se comprenda.