LA VIGENCIA DE UNAMUNO

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LECTURAS

Para vencer hay que convencer

Miguel de Unamuno

Por: Noé Guerra Pimentel

Tuvo una amplísima cultura antigua y moderna. Fue un gran crítico de los distintos regímenes políticos en los que vivió y como consecuencia varias veces sufrió el destierro. Su activismo político, capacidad intelectual, reconocimiento e influencia social y acendrado liderazgo intelectual lo llevó varias veces a la representación popular que lució y, conocedor de las consecuencias, hasta el final supo honrar.

Ante Franco la actitud de Unamuno fue del encanto inicial al desprecio final, su postura definitiva quedó marcada por el lapidario discurso del que fulminante salió aquella frase de: «Venceréis, pero no convenceréis», misma que ipso facto le valió la destitución y confinamiento carcelario en su casa, donde le alcanzó la muerte el último día de 1936 a la edad de 72 años de prolífica y consecuente existencia como destacado miembro de la Generación del 98, rector vitalicio de la universidad de Salamanca, presidente de honor de la corporación municipal a perpetuidad, presidente del consejo de instrucción pública, ciudadano de honor de la república y candidato para la academia española de la lengua y al premio Nobel.

Su pensamiento lúcido y categórico sigue vigente. Aquí unas cuantas frases tomadas al vuelo de esta mente tan indomable como indispensable: Hay que sentir el pensamiento y pensar el sentimiento. Cuanto menos se lee, más daño hace lo que se lee. Las lenguas, como las religiones, viven de herejías. Existe gente que está tan llena de sentido común que no le queda el más pequeño rincón para el sentido propio. El modo de dar una vez en el clavo es dar cien veces en la herradura. Una de las ventajas de no ser feliz es que se puede desear la felicidad. La verdadera ciencia enseña, por encima de todo, a dudar y a ser ignorante. La envidia es mil veces más terrible que el hambre, porque es hambre espiritual. El fascismo se cura leyendo y el racismo se cura viajando. Deberíamos tratar de ser los padres de nuestro futuro en lugar de los descendientes de nuestro pasado. A un pueblo no se le convence sino de aquello de que quiere convencerse.

A 155 años de su natalicio y a 83 de su fallecimiento, sin discusión, Miguel de Unamuno es una de las entelequias más brillantes y por tanto de las personalidades más destacadas de la filosofía y literatura española del siglo XX. Este humanista universal nació en Bilbao en 1864 y vivió la guerra carlista. En Madrid cursó la carrera de Filosofía y Letras y después de varios fracasos, ganó en 1891 la cátedra de griego en la Universidad de Salamanca, donde vivó casi toda su vida. Padre de casi una docena de hijos, nueve, Unamuno fue siempre un hombre inquieto y rebelde, paradójico y contradictorio, ferozmente individualista. Luchador contra todo lo que consideró injusto, parcial, opaco e inequitativo y, en cierta medida, también en guerra consigo mismo, en continua tensión, no encontró nunca la paz, acosado por sus dudas religiosas y las existenciales de su tiempo y su circunstancia.

Dibujante, escritor, poeta, dramaturgo, filólogo, filósofo, literato, académico, hombre de pensamientos, de ideas, de letras y de palabras, el también elocuente orador, Unamuno, se manifestó permanentemente preocupado por el hombre de carne y hueso, por sus angustias y problemas, por el sentido trágico de su existencia. En parte de su obra plantea el pavoroso problema de la personalidad humana; si uno es lo que es y seguirá siendo lo que es; la tensión entre el ser o la nada.

En definitiva, el problema de Dios y de la inmortalidad, el saber si moriremos del todo o no, aunque como él mismo decía: “creer en Dios, es en cierto modo, crearle”. Algunas de las grandes ideas y profundas dudas que nos siguen conmoviendo como individuos, como humanidad, porque el empeño de Unamuno, según se colige, es que los que lo leamos, pensemos en lo fundamental. Que despertemos la libertad personal de no ser arrastrados por la intrascendencia, y saber quiénes queremos ser, qué es lo que queremos vivir, y vivirlo hasta que llegue el último día.

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