CULTURALIA

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LA SUERTE ESTA ECHADA 

Por: Noé Guerra Pimentel

La frase Alea iacta est en latín, que entre otras versiones está la más socorrida y que se atribuye al emperador romano Cayo Julio César (100-44 a.C.), cuando tras la conquista de la Galia y la derrota de Vercingetorix, regresa a Roma donde el senado conspiraba en su contra pretextando la legalidad de sus avanzadas. Aún así, César decide ir a Roma cruzando el Rubicón, un rio por el cual era ilegal que los romanos cruzaran. Al llegar a la ribera se adelantó, lo atravesó y del otro lado soltó la frase que nos quedó: “Alea iacta est”, misma que originalmente alude al juego de dados: “el dado fue echado” (o ya no hay marcha atrás, lo que resulté se acatará como venga; es una decisión extrema), recreación extendida entre la soldadesca y en general entre la gente de la época.

Con este breve antecedente me quiero referir a Julio Cesar, un controversial personaje del poder político cuya trayectoria a más de 2000 años aun resulta vigente y de suyo muy aleccionadora. ¿Quién fue Julio César? Bueno pues para empezar debemos recordar que fue un militar, político y emperador romano cuya dictadura puso fin a la República en Roma y que venía de una de las más antiguas familias del patriciado romano, los Julios, siendo educado por connotados maestros griegos. Con una juventud disipada desde donde se acercó al partido político, gracias a sus vínculos familiares, supo ganarse el respaldo popular pagando fiestas y obras públicas, prestigio que acrecentó conforme los cargos que prácticamente desde la edad de 25 años vino ocupando: cuestor (69), edil (65), gran pontífice (63), pretor (62) y propretor de la Hispania Ulterior (61-60). Ya de regreso a Roma, concretó un acierto político de primer nivel, reconcilió a dos líderes rivales, Craso y Pompeyo, a los que unió a sí mediante un acuerdo para repartirse el poder mediante un triunvirato y así oponerse al Senado.

En el 59 a.C., Julio César fue elegido cónsul, es decir, mediante otras alianzas se hizo de mayor poder administrativo que los otros para adoptar medidas que a la postre vinieron a acrecentar su popularidad o capital político con la repartición de tierras entre ancianos y desempleados, a la vez que aumentó los controles sobre los gobernadores provinciales y dio publicidad a las discusiones del Senado para que el pueblo las sancionara. Pero su capacidad política daba para más y, buscando la base para obtener un poder absoluto, se hizo conceder por cinco años -del 58 al 51- el control de varias provincias. Fortaleció el triunvirato por el Convenio de Luca (56), que aseguraba ventajas para cada uno, pero respondía a un equilibrio inestable, que habría de evolucionar hacia la concentración del poder en una sola mano, la de él. En extrañas circunstancias Craso muere durante una expedición contra los partos en el 53 a.C., y la rivalidad entre César y Pompeyo no encontró freno una vez muerta Julia, la hija de aquél casada con éste (54).

En lo que César se había lanzado a conquistar el resto de las Galias (belgas, suizos y franceses), que no sólo completó, sino que aseguró lanzando dos expediciones a Britania (Inglaterra) y otras dos a Germania (Alemania), cruzando el Rin. Con lo que dominó un vasto territorio, que aportaba a Roma una obra comparable a la de Pompeyo en Oriente. El prestigio y el poder alcanzados por César preocuparon a Pompeyo, elegido cónsul único en Roma en medio de una situación de caos por las luchas entre mercenarios (52). Llamado por el Senado a licenciar sus tropas, César prefirió enfrentarse a Pompeyo, a quien el Senado había confiado la defensa de la República como última esperanza de mantener orden oligárquico tradicional.

Tras pasar el río Rubicón -límite de su jurisdicción-, César inició una guerra civil de tres años (49-46) de la que resultó victorioso: conquistó primero Roma e Italia; luego invadió Hispania; y finalmente a Oriente, donde se había refugiado Pompeyo. Persiguiendo a éste, llegó a Egipto, en donde aprovechó para intervenir en una disputa sucesoria de la familia faraónica, tomando partido en favor de Cleopatra –de la que según fue amante- (48-47). Asesinado Pompeyo en Egipto, siguió a sus partidarios. Primero venció al rey del Ponto, Pharnaces, en Zela (47), de la que nos legó su inolvidable sentencia veni, vidi, vici: “vine, vi y vencí”; luego derrotó a los últimos pompeyistas en África (Tapso, 46) y a los propios hijos de Pompeyo en Hispania (en Munda, cerca de Córdoba, 45). Vencedor en tan larga guerra civil, César acalló los descontentos repartiendo dádivas durante las celebraciones que por estas victorias organizó en Roma.

Vencedor invicto y con todo el poder, César acumuló cargos y honores que le fortalecerían hasta ser emperador con derecho hereditario y reduciendo al Senado a mero cuerpo concejal, estableciendo así una disimulada dictadura militar, hasta que como se sabe fue brutalmente asesinado en una conjura dirigida por los primos Casio y Bruto, hecho funesto del que viene la frase: ¡Tu quoque, Brute, fili mi! (¡Tú también, Bruto, hijo mío!); todo apuntaba a regresar a la monarquía –autoritaria y populista- como cabeza de un imperio dominante de la totalidad del mundo conocido, al tiempo que se transformaba su sistema oligárquico; obra completada por el sucesor, su sobrino nieto Octavio Augusto.

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